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Déjenme
soltarme, aunque mis manos luego busquen a tientas esas ambiciones que
nunca alcanzaré.
No me priven de esconder de mis labios las palabras más incorrectas
para hablar luego las palabras grandes y transparentes; ésas donde
la verdad se esconde.
Déjenme en soledad ante mis fantasmas, pero no se alejen de mí.
Átenme a mis errores porque con ellos trazaré mis caminos,
pero no me juzguen durante mi tiempo de aprendizaje. Vean mis pasos y
cuéntenlos si así lo desean; más, no escriban sus
argumentos sobre mis huellas errantes, porque cada cual plasma su destino.
Ríanse y destrocen con sus comentarios mis alas, pero siempre me
verán desplegándolas donde se alza el viento que me lleva
al cielo que siempre he soñado.
Tomen mis manos y si quieren protejan mi cabeza, pero no cubran mis ojos
de los errores, porque sé que cuando ya no exista nadie que me
cobije, no habré aprendido nada valioso, si no he errado y contado
a mansalva mis heridas.
Déjenme fallar cuanto pueda y por el tiempo que sea necesario,
pero no aplaudan mi insensatez ni mi ignorancia, porque jamás querré
que aquellos a quienes amo o amaré, se vuelvan contra mí,
y me transformen en carne de desperdicio. Pero
¡hay de mí
si se vuelven como yo! Preferiría que mi cabeza sea estacada y
paseada frente a todos aquellos que optaron por vencer sus limitaciones
sin saber si algún día llegarían a buen puerto.
Contemplen mis movimientos más desacertados, pero jamás
me digan que deje de caminar.
A nadie creeré cuando me digan que la muerte por mis propias manos
es muestra de valentía y una digna solución a todos los
problemas, porque sabré que no es verdad, y jamás lo será,
mientras miro a esos indigentes que se transforman en reyes paseando sus
luchas junto a mi puerta, e invitándome a unirme a sus noches de
derrotas en pie, esperando una oportunidad para dar un paso hacia un nuevo
desafío.
Síganme en mi escalada, y vean que aún desesperado, la única
verdad que sabré es la que dice que yo puedo llegar más
allá de lo que otros opinan de mí, porque jamás existirá
en esta tierra que hoy piso, nadie que pueda decirme cuanto valgo, cuando
mis ojos se abren cada madrugada dispuestos a encontrar nuevos caminos.
Mírenme volar entre tormentas, y desconfíen de sus sentidos
cuando mis alas se desplieguen como potentes y orgullosos pilares donde
habitan mis palabras grabadas a fuego, hablando de todo lo que he sido,
lo que soy y lo que seré.
Déjenme en soledad, pero jamás dejen de guiarme, porque
aunque sea único e irrepetible, en mi cielo todavía quedan
muchas estrellas por contar.
Vean que difícil es mi camino, y déjenme transitarlo bajo
las sombras de la intolerancia y la incertidumbre; a cambio, yo les mostraré
que al final de mis pasos, me verán transformado en los sueños
que siempre he deseado, y seré tan grande y tan fuerte, que ni
todas las sonrisas ni las alegrías del mundo cabrán en sus
corazones.
Déjenme vagar entre sombras, porque este es mi momento, y nunca
cejaré ante los pensamientos propios o ajenos que quieren ver mi
cuerpo consumido por gusanos, porque he venido a cumplir mis sueños
y mis anhelos, y hoy no tengo planeado visitar los cielos, sin intentar
hacerlos realidad.
Miren mi tiempo, hablen de mi momento que ya ha empezado; y que aquellos
murmuren que no he de poder hacerlo, porque las palabras de aliento son
mis caminos y las palabras desalentadoras mis motivos para seguir.
Déjenme vagar como puedo, suéltenme al viento de lo nuevo
y lo desconocido, porque he nacido para ser ciervo de todos, porque he
nacido para ser rey de mis victorias.
Hablen de mi vuelo, hablen de mi tiempo
porque éste, es mi
momento.
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