Todos los besos que he besado.
Por los que he paseado y me he perdido,
y en los que he perdido y ganado tanta vida,
han tenido su peculiaridad, su borde resbaladizo
y su cálida terma purificadora.
Todos vienen a mí en ciertas horas en que me retiro
a mis misteriosas recámaras incomprensibles,
fuera del bullicio de una reunión
o dentro de la introspección de una cerveza en una terraza de primavera.
Incluso aquellos que nunca besé,
aquellos que nunca tuve, regresan con apagado brío,
y el cuerpo que de mí guardo en mi memoria
revive, vibra,
y la sombra de una sonrisa ilumina mi rostro a lo lejos.