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El tiempo de la genética literaria - ese proceso de maduración poética que puede demorar una década o un período supratemporal que supere cualquier percepción desde nuestra lógica o concepción material - ha sido el gran tiempo de la revista. Si bien es cierto que en sus ocho años de proceso creativo se han editado ya 130 números, no se puede omitir por ello la relevancia de la publicación en la "Dulce Condena" del ejercicio literario: poetas y narradores de América y Europa han desfilado por sus páginas, diferentes cartografías en la consecución de un mundo se han plasmado en sus hojas virtuales; universos referenciales que se han hermanado en un único propósito: Encontrar en la literatura y en The big Times el Hijo de Ariadna que nos salve de las encrucijadas y de los malos augurios. Escribir es una virtud para el literato como lo es para el astrónomo medir la distancia de una estrella o conocer la dimensión de un asteroide. No obstante, se hace imprescindible el ejercicio de la creación y el quehacer artístico; es menester que abunden (como abundan las estrellas en Shuaima) poetas, astrónomos, astrólogos, pero también el músico, el matemático, el nagual, el alquimista que nos hablen de la virtud como elemento inexorable en la construcción de la tabla esmeraldina o en la obtención de la gran obra. Esa ha sido la tarea de The Big Times: Resumir en el río de la poesía la voz virtuosa de más de doscientos hombres y mujeres de todo el globo terráqueo. Sin embargo, la onda, la reverberación de sus palabras, el eco "mudo" de sus espíritus se han elevado por encima de serios consideraciones de espacio-tiempo, llegamos a N números de anticipados, irrumpiendo en atmósferas no sospechadas, calando en los sentidos de miles de lectores que, como Jasón y los demás argonautas, se pasean por el río "imaginario" del arte. Winston Morales Chavarro |