He descubierto a la sombra de la escala, Que el número del hombre Continúa siendo, inclusive hasta la muerte, El número desigual de la escalera. Que mi lucha banal con las alturas Me arroja hacia el fuego, hacia el agua, hacia el aire; Hacia el rojo, hacia el azul, al amarillo Y que a través de mi visión por la escalada, No existe el arriba, la izquierda, el abajo, la derecha, El horizonte. Escuchen! Cambio mi primogenitura, mi herencia, mi camino Por un peldaño hacia las sombras; Cambio mi batalla con el ángel Por un pequeño surco, Por la siega, Por el viejo campanario que se dobla como muchacha triste Cambio toda disposición de altura -Ahora ni siquiera mi espíritu es del aire- Por aferrarme a un centímetro de tierra. El trueno, la lluvia, el viento, la roca Regatean a costillas de mi enfado Una hectárea de velámenes y olores. No sé si fue Auriel, Rafael o un fantasma No sé si fueron Ondinas, Sílfides o Gnomos; Tal vez me enfrenté al reflejo vibratorio de mi imagen, Al movimiento mezclado de mis formas: Al águila, al león, al toro, Al pisón, al gihón, al hiddikel, al nilo; Tal vez al sepulcro, a las sombras, Al espectro imposible que me habita, A la blasfemia de saberme casi humano.