Ésta es la última noche en el carrusel de los párpados.
Mañana un vaporetto nos conducirá a otra ciudad
y una lluvia de amapolas nos anegará de sombras
que conspiran con el agua; doblando nuestras voces
como sábanas que nos envuelven en batallas de amor
o ecos que maduran su acento como el vino rojo
que nos embriaga esta noche: la última.
La luna en la laguna baila al son de las aguas.
Lenta danza que no precisa
más argumentos que la miel de los labios
y la espuma de vidrio que nos baña de luz y nos rescata
de la sabia trampa que despliega el olvido.
Los palacios hunden sus pies en el agua. Míranos
pasando sobre el puente, con las manos deslizándose
sobre un pedazo de historia que sí nos pertenece;
aferrándonos a este instante irrepetible, a las horas
que mueren segadas por una espada rota. Será la vida
como el dulce licor que reposa en los vasos.
Y no sé si debemos beber despacio, o con la urgencia
de los amantes que ruedan noche adentro, fundiéndose
en la penumbra de una alcoba de lino y de sándalo,
rozándose los vientres como en una marea de estío,
en el cenit de la noche, esclavos de la luna
en una noche de sal y muérdago: la última.