No
fue la palidez exactamente
tampoco el moho
ni ese perenne roer en los vitrales
El inicio fue un discurso
orgulloso de adherirnos
a la costumbre del aplauso
Predecir la orfandad era un ultraje
necia manía del Mal Agüero
habituado a morder el ocio
de las tardes anteriores
Después llegó la afrenta
y no pudieron los párpados erguirse
porque eran otros los reflejos
la ciudad que se diluye
las pancartas interpuestas
y nosotros
enemigos espontáneos del borneo
II
Todos
pendientes de este último aguacero
que sacude los tablones
dejando la posibilidad en penumbra
Desgarrados por la certeza
del Ave María impreso en el pánico
inerme en la hazaña del hermano
(siempre con el sermón
repartiéndonos las sobras los reveses)
¿Hacia dónde rodarán tantos insultos
hábito de dirigir los ojos a las piedras?
¿Cuál será el sitio escogido
para pisotear nuestra intemperie?
Todos en secreto besamos cada gota de lluvia
seguros de la estafa a pesar del artificio
de ese peldaño roto sin testigos
para no interrumpir la niebla de los lentes
Sabemos que la hendidura es irreversible
con ello crece el dolor en las manos atadas
en los sábados que mutiló el profeta
con la excusa de sofocar nuestros errores
III
La
carne fue roída
sobre el muro yace la osamenta
escritura que no descifrarán con lanzas
Quedan piedras que rompen los cristales
y prefieren elogiar tal gallardía
Los aplausos pueden ser más fuertes
de cualquier forma
anuncian al telón