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| Aquella
tarde de primavera Gustavo el sepulturero se encontraba arreglando las flores
que los parientes de los difuntos habían dejado a estos como recuerdo
de su visita a los mismos. Eran las cinco de la tarde y pocos visitantes
quedaban en el antiguo cementerio de Barranco situado en la parte trasera
de la capilla de La Ermita. Si la gente pensara un poco mas en la muerte viviría mejor y en paz con los demás pensaba el sepulturero mientras limpiaba las lápidas. - A la muerte no hay que tenerle miedo, respeto sí pero miedo no escuchó que una voz femenina le decía-. Volteó y se encontró frente a una joven vestida de negro que lo miraba fijamente. Parece que hubiera leído mi pensamiento, pensó Gustavo y sintió un raro estremecimiento que recorrió su cuerpo. La joven era de estatura alta, delgada, de tez pálida y de ojos de color negro, primera vez que veo a alguien con ojos negros pensó Gustavo. - Mis ojos no son negros dijo ella tranquilamente ese es el color con el que ves las cosas de este mundo. Él se asustó más aún pues parecía un alma en pena, pero un alma en pena no sale de día sino solamente lo hace de noche, que raro Pensó nuevamente Gustavo quien preguntó a la recién llegada: - ¿Quién eres y qué quieres? todavía seguía asustado -. - Soy la muerte y es algo real lo que estás viendo y sucede todos los días y en todo el mundo. Quiero que le digas a la gente que viene de vez en cuando a este lugar que no me tema, pues yo sólo cumplo con mi tarea que es la de llevarme a las personas al descanso eterno. - Procuraré transmitirles tu mensaje, aunque sé bien que la mayoría de gente quiere evitarte y hace lo imposible porque nunca llegues a sus vidas - con testó el sepulturero -. - Nadie puede evitarme prosiguió ella - porque he existido y existiré siempre. La gente tiene que respetarme y no tenerme miedo como les ocurre a los cobardes que no lo tienen para hacer daño a los demás pero si cuando saben que se van a morir. - Tienes razón, pero ¿porqué me dices esto a mí, yo que tengo que ver con la gente?- preguntó Gustavo ya más calmado y pensó que efectivamente no tenía por que temer -. - Me dirijo a ti por que ves a la gente solamente cuando muere alguien y te habrás dado cuenta que muchos vienen solamente a acompañar a los muertos sólo por cumplir, por aparentar algo que de repente nunca han sentido por el que ha fallecido. Por el qué dirán. - Hay gente que te venera señora muerte dijo Gustavo - a veces he conversado con personas que compran la imagen de la "santa muerte", ¿por qué lo hacen? - Por temor y créame que de santa no tengo nada... ¿Porqué? Simplemente porque un ser santificado es un ser bendito por un Dios según los mortales, y yo soy una deidad aparte de Él. Recuerda que Cristo también murió en la cruz, hasta Él ha sufrido la muerte. - ¿A quién sirves? le interrogó Gustavo quien se dio cuenta que la muerte era una joven bonita y de mirada profunda -. - Soy una deidad de nivel medio y sirvo a la naturaleza. Si yo no existiera, ¿te imaginas cuántas personas habría en el planeta? Este no tendría lugar para tanta gente y colapsaría. Además, no soy ni buena ni mala, soy simplemente neutral. Hago mi trabajo no porque sea bueno ni malo, lo hago simplemente porque debe hacerse. - Pero la gente te representa de diversas maneras, ¿por qué? - Para los católicos, soy un ángel por eso me llaman el ángel de la muerte y me colocan con la figura de un ángel sobre las lápidas y mausoleos de los cementerios como si fuera guardiana de los difuntos, los que me temen me ven como un horripilante esqueleto con una guadaña, pero... a mi no hay que temerme, simplemente hay que respetarme. Muchas de las personas que sé que me veneran lo hacen porque quieren ganarse mi simpatía. Pero quieran o no morirán el día, a la hora y en el lugar que les toque. En eso Gustavo volteó pues escuchó los pasos de alguien que se aproximaba al lugar y al volver la vista la muerte había desaparecido. |