al hombre lo acuestan y le arrancan
siempre siempre países y sueños
lo ponen de pie lo empujan a la costa
penetrándole con rabias ajenas
le estallan en la navaja infeliz del horizonte
lo cuelgan de un gran garfio
que alguien afirmó era el cielo total
lo sacan bruscamente de todos los úteros
lo adornan lo maldicen lo miman
lo traspapelan lo envían a la noche
lo ponen junto a una jirafa
erguido y con las alas reventadas
lo hacen correr pisando cicatrices
lo acordonan le levantan las manos
para que deponga todas las almas
lo entusiasman lo azuzan lo alimentan
con el cáliz prohibido y en la puerta
le cortan de un disparo las cejas
lo ascienden lo destajan lo erizan
con unos labios falsos de elefante
le dicen que allí no lo martirizan
por el surco que va a los lagrimales
le giran en redondo lo pegan
a la rota pared de la conciencia
y allí gotea infinito como un santo
al que se le derrama la madera
lo convierten en pene lo introducen
en las cuatro cavernas del olvido
no le dejan alzarse ni pudriéndose
y luego le fabrican un velero
para quitarle el viento allí lo hunden
y lo persigue el pez de la ignominia
porque era un espantajo porque se dejó hacer
mansamente lo que nunca quería
engañado inocente traicionando
su olor no lo borra ni el fuego
su gemir sepultado por sus niños
y más tarde repiten con los otros
abren la puerta de la inmensa vulva
y vuelve a comenzar la cacería.