Para Pedro García Trapiello

Cansada estoy de este desorden,
porque alguien ha convertido mi casa
en una nebulosa y lo confunde todo.
Los fantasmas se han vuelto perezosos,
se pasan todo el día durmiendo, sin
dar golpe, y -para colmo- utilizan
mis pijamas y mi cama.
Los pájaros, perdidos los dulces recelos
que les sujetaban tímidos, han conseguido
anidar en los armarios. No tienen rubor
ninguno en llenar mi ropa favorita
de pedazos de pan y de excrementos.
(Estoy desesperada e inevitablemente, sucia.)
Los escarabajos, contagiados de entusiasmo,
han tomado los cajones de los calcetines
y las bragas como la Casa del Pueblo
de los Insectos Libertarios, prohibiendo
-eso sí- la entrada a las escarabajas
que se manifiestan lanzando garbanzos
y lentejas, desde la mesita, sin descanso.
(Siempre me resbalo cuando entro distraída.)
Los elfos, se columpian en las hojas del
poto y quitan las bombillas a las lámparas.
Han declarado una guerra sorda
contra cualquier orden de los objetos
y se dedican -concienzudos e infatigables-
a poner tomates en las estanterías,
libros en la nevera, cubitos de hielo,
clavos, sal gorda, entre las sábanas.
(Además de pasarse noches enteras
molestando a los vecinos: dando bronca,
cantando asturianadas, boleros, vaqueiras,
fados, habaneras, nanas; bebiendo absenta
hasta desplomarse rendidos en la alfombra
donde se juegan mis contadas joyas
a las cartas con unos amigos de Luarca
que pasan ahora largas temporadas
en el aparador de la cerámica.)
Las avispas son legión. Las lagartijas trepan
por los álbumes de comics y ha crecido
champiñon sobre el Espasa. Las arañas
han poblado las esquinas de realquilados,
hijos, suegras, primos segundos y mancebas.
Encuentro la bañera invadida de ranas,
renacuajos, lotos carnívoros, miasmas
que producen un repugnante olor a charca.
Y encima, los brécoles con boina,
los días de sol en la terraza...
(No puedo distraerme un segundo de
tanta confusión, pues cuando enciendo
-enmedio del estrépito de platos y de vasos
que se rompen solos- el televisor para
olvidar mi angustia, la pantalla derrama
intermitente un aluvión de lava abrasadora
y he estado a punto de achicharrarme
viva varias veces, y tengo el parqué del
salón hecho una lástima, convertido
en Pompeya renovada.)
Verdaderamente, alguien es culpable
de este abominable barullo, pienso
-y siento un afán patibulario- cuando
preparo las maletas para irme, decidida,
a descansar unos días a casa de mi madre.