En el momento más intenso de la película el Rubio de mi fila
se levanta de su butaca y, al pasar delante de mí, me pisa el pie operado.
Ciego de dolor saco la pistola que llevo al cinto y le doy un tiro en
la cabeza. El Rubio cae desplomado, sus sesos blancuzcos y grises
se desparraman sobre la alfombra roja del teatro. Me levanto
y corro por el pasillo hacia la puerta del cine ignorando los
gritos de horror de la audiencia. A una cuadra del cine me vuelvo;
el Rubio corre detrás de mi y casi me alcanza.
Me llevo la mano al pecho mientras un dolor como la punta
de un puñal penetra mi corazón. Me desplomo jadeante, y
me retuerzo en el pavimento. El Rubio me acerca su cara
para verme más claramente. «¿Cómo has resucitado?
¡Yo te volé los sesos!», grito presa del pánico que para
dolorosamente mi corazón. «No a mí, sino a mi
hermano gemelo», aclara el Rubio, cruelmente. Su
sonrisa es lo último que veo antes de salir
de mi cuerpo.