| Don
José Miranda Fernández, vicesecretario segundo del Ministerio
de Hacienda, desde su escaño, sonríe y respira satisfecho.
Ha aguantado todo el discurso entero del presidente del Gobierno sin adormecerse
y encima durante breves momentos ha conseguido imbuir su mirada
de interés, inteligencia e incluso entusiasmo. Sabe que eso es siempre
muy apropiado dentro de la Cámara de Diputados. Serán puntos
que se añadirán, sin duda, a su carrera política. Ahora, con el discurso presidencial ya finalizado, han empezado los aplausos y él no podía ser de otra manera bate las palmas de sus manos con fuerza y contundencia. Tiene que evidenciar su absoluto y total acuerdo con el líder de su partido. Pero de pronto nota que su vecino de escaño, Don Carlos Gutiérrez García un gilipollas que con sus vestidos caros de sastre francés, mira a todo el mundo con aire de condescendencia y perdonavidas aplaude con una sonoridad y una eficacia tan firmes, que silencian por completo sus muestras de acatamiento público. Don José Miranda, pues, decide aplaudir con más fuerza. Ahora golpea sus manos hasta sentir que el dolor entumece sus serviciales extremidades superiores. Así sabrá el payaso de Don Carlos que él, Don José Miranda Fernández, es mucho más diligente y eficaz a la hora de rendir homenajes serviles y aduladores. ¿Qué se habrá creído ese esnob con cara de mafioso siciliano? Pero el Sr. Carlos Gutiérrez, incrementa el ruido de sus palmadas con tal destreza que vuelve a conseguir silenciar los dolorosos aplausos de su vecino. Y encima no pierde ni por un segundo su sonrisa habitual de según las revistas del corazón y cotilleos político elegante, atractivo y encantador. De reojo dirige su mirada hacia el sufrido Don José y este, cree percibir un evidente aire de superioridad. La rabia se lo come. El Sr. José Miranda, acorralado, ensaya una nueva estratagema: se levanta de pie y sigue aplaudiendo mientras fija la vista con agradecimiento, casi con pasión, en el máximo mandatario de la nación. Que por cierto, ¿donde se ha metido? Ah, ya lo ve. Vuelve con ademán de valiente guerrero después de una batalla victoriosa a su correspondiente escaño. Una aureola de deber cumplido y trascendencia parece adornar su rostro. El Sr. Miranda lo mira de hito en hito, como si una fuerza invisible y enigmática le impidiese desviar sus ojos de él, ni un milímetro. Devoción, le llaman. Intenta conseguir que una lágrima furtiva pero visible dé a sus ojos el adecuado brillo de emotividad y leal sinceridad. Mientras tanto, la verticalidad de Don José, ha provocado que sus compañeros de partido se hayan vistos obligados a imitarlo. La mitad de la Cámara permanece, en aquellos mismos instantes, levantada de su silla y dedicada, febril y apasionadamente, a aquella generosa y altruista muestra de alabanza. El alboroto es ensordecedor. Todo el hemiciclo parece estremecerse. Don Carlos también se ha levantado de su asiento; pero ni su superior estatura ni sus efusivos bravos con brillante dicción de castellano-leonés de vieja solera consigue eliminar el aire de triunfo dibujado en la cara de Don José. Ya se ve, Don José, subiendo grados en el escalafón de su ministerio. ¡Ja! Ya se imagina la cara de envidia de aquella lagartija con corbata de su lado. Pasan las horas y el estruendo sigue, más o menos, con la misma intensidad. Los miembros de la oposición bostezan con apática resignación. Los continuos aplausos han dejado insensibles las pobres manos de los miembros del partido mayoritario. La fatiga ha hecho que el aturdimiento invada las mentes de sus señorías hasta provocar los primeros desmayos. Tal vez por eso nadie se apercibe que el edificio del Parlamento, hermoso pero viejo, ha comenzado a agrietarse de una manera que los más cautos osarían calificar de alarmante. Las grietas se convierten en gruesas brechas y los decimonónicos ladrillos, junto al polvo de los siglos pasados, empiezan a caer de forma democráticamente equitativa sobre las cabezas de todos los parlamentarios: partido del Gobierno, partido de la oposición, partidos nacionalistas y grupo mixto. Esta vez sí, el fragor de todo el edificio derrumbándose es ensordecedor. Una nube de polvo invade el recinto entero. El desastre es escalofriante. ¿Habrá supervivientes? Las ambulancias, los bomberos y la policía acompañados por un ejército de periodistas acuden de inmediato y al acercarse, descubren que después de disolverse la inmensa nube de polvo, de las ruinas del Parlamento símbolo de una nación libre, democrática y orgullosa quedan en pie dos hombres, dos siluetas cubiertas por una capa oscura y harinosa de dos dedos de grueso que como unos autómatas averiados, se afanan en aplaudir a un escenario ya desaparecido. Plap... plap... hacen las manos de uno de ellos el más bajo. Bra... vo... parece decir como un rumor la voz del otro el más alto. Quizás alguien debería advertirles que el debate del Estado de la Nación ha sido pospuesto para la próxima legislatura. |