Ayer asalté la tarde. Montado en mi yegua viajera, esperé pacientemente el resplandor de tu corcel, bajo el triste gris de enero. Cabello al aire, como el vértigo de un pensamiento, pasaste espueleando la blanca estampa de tu destino. Tu caballo y mi yegua apersogados en un parquímetro urbano quedaron serenos. Contigo en ancas vagamos por el sueño tan humano del amor entre los ruidos de los carros. Bajo la niebla invernal. Sobre la ciudad que un día te regalé. Tras los rincones de nuestros besos. En el murmullo de los que intrigan frente al pecado. Entre el bien y el mal.