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Tiembla
África
en desiertos, minas, tundras,
en cataratas, selvas.
Los cráteres respiran
bocanadas de azufre desde la entraña
donde duerme el genio rojo
de las brasas de magma.
Tiembla África
repartiendo su colorido bullente
en mesetas, en ríos de esmeralda,
en montañas, en rocas, palmerales,
en oasis.
Tiembla África
en lagos y oleajes.
Tiembla, en rápidos atronadores:
allí el azul aguamarina, el verde
glauco, los grises irisados se rompen
en blanco espectáculo rugiente.
El agua expande su clamor
desde la altura, esconde su eco
en oquedades, su fluir de nodriza
murmura armonía en la composición
de libertad de sus moléculas,
estalla en flores como besos
que huyen.
Tiembla África en lluvias, soles
rojos, en cielos incendiados
por los carros de fuego. Tiembla
en estrellas, arboledas, en calor.
Tiembla África en nieves perpetuas
desde la soledad inabarcable del mito
del que nació el primer ser humano
a su alarido de universo.
Tiembla África, a solas, vegetal.
Late en fertilidad telúrica,
en eriales, tornados, en viento y temporal.
Tiembla África en la memoria turbulenta
de su poder interrumpido por los monstruos
del hambre, por la alimaña feroz
de la miseria.
Se queja dividida al unísono en las voces
de los vigilantes de la naturaleza:
muge, ladra, brama, cacarea y relincha;
aúlla, ríe, ruge, brinca, silva y bufa;
gorjea, nada, escupe, vuela y aletea.
Ah temblor acosado de su fauna perfecta
asesinada por codicia.
Antes del grito por el trigo se alzaron
las civilizaciones, las pirámides.
Antes de la sequía y las deforestaciones,
el arado original labró el légamo
del fango olvidado por un Nilo que fue
cuna común de las generaciones.
Tiembla a solas África
en el hueco extirpado de sus dones.
Ah urgencia de los jugos gástricos
de los niños sin leche azucarada
para mojar los labios. Ah los niños,
sus cuerpecillos-crucifijo
con tentación de acordeones.
Y mientras, la voracidad mundial,
capitalista, la multinacional
de un egoísmo tan políticamente
correcto en los telediarios
que les olvida como el humo.
Tiembla África, se consume
la antorcha de la diversidad maravillosa,
la exuberancia llorada en los escritos
de una mujer danesa desde el exilio
frío de su patria del norte;
memoria dolorida, ya lejanía, ay,
literaria, extraviada en el tiempo.
África avraghen, tuareg, bereber.
África en sus hamadas de piedra,
en sus chebkas-cauces secos de arroyos,
en sus blandos aregs de duna y luna.
África al trote de jorobas mehari,
África al paso a lomos de elefantes,
África al galope del bravo corazón
de los caballos: África cruzándose
a sí misma, en polvo de oro y plata
una nube de arenas.
Tipos, tonos, ritos, modos:
losa, kkas, tikki-tikki,
boschjesmannanen, peuls.
¿Quién conoce las rutas de la hormiga?
¿Quién, el merodear de los leones?
¿Cómo leer el vestido de la culebra?
¿Quién dirá los círculos del alimoche?
Blanco, miel, tostado y negritud,
algodón, caña, café
para endulzar con miel
la ambición embriagada
de minas y marfil.
El ritmo del tan-tan y los safaris
atravesaban las novelas de aventura,
llenaban las habitaciones españolas
de ensueños brujeriles, a la magia dual
del principio y el fin de las pasiones,
de animales salvajes y diamantes malditos.
África expandía aromas de misterio
renovando en sus mil sangres los sentidos;
su riqueza, más allá de la experiencia
de los ojos, envenenaba su llamada
con una vibración sin fronteras. Enamoraba.
África señora de la raíz ancestral
más pura de la música tomó los continentes.
Y cantabas, África, también en altamar.
Cantabas desde las carabelas.
Tus príncipes capturados como fieras
ensanchaban los sones del lamento
sobre los miembros encadenados
para decir tu nombre caracola, tu nombre
turbamulta en las rutas del mundo.
Los matices del ébano y el oro en
negros funy, xilluk, bari y denka;
en claros monbuttu inspirando temor;
la hermosura escultórica de los bantúes
en la extremada nobleza corpórea
de los cafres. El contraste de koi-kóins
hotentotes; de pequeños pigmeos: los san
de las malezas, los bushmen, los doko
los akka, los obongo.
Con pródigos frutos, sorgo o durra,
con dátil, y el banano "musa ensete",
el arbusto del kaffa derramando
el espidi moreno de la cafeína,
aromatizabas tus culturas al rito
de escrutar el futuro en los posos.
Antes del invasor y las colonizaciones,
antes del blancor corrosivo y su lejía
de rifles y monedas, África no supo
de cáncer, de difteria,
de caries, de tifus, paludismo,
de fiebres tifoideas
de nostalgia por la tierra propia
en otra tierra. No supo de pobreza.
Despojándote la identidad materna
te volvieron espanto para tus hijos
naturales, masa buena sin pan
crujiente que llevarse a las manos
agarrotadas en cuchillos.
En la revolución y en la sequía,
el saldo está siempre incrementando
el debe de un rosario de muertos.
Fosas abrasadas al aire son los pueblos
enteros donde no ponen lápidas.
Siembran los insectos huevos,
larvas que lo devoran todo. Ahora.
Como alambres homínidos, pieles, huesos,
las estructuras vertebradas donde
sólo los ojos lanzan un mensaje
de pena que resbala sobre el barniz
de los mercados y la bolsa.
El dólar, la libra, el marco, el yen,
buscan compradores. No interesan los pobres
malolientes y enfermos, los espectros
que de puro flacos no poseen
siquiera la silueta de su sombra.
Los arcángeles del euro sobrevuelan
los tuétanos delgados en las rejas
del hambre, anidan en las posadas
de plástico su belén de hamburguesas
para los niños gordos iniciados temprano
en el colesterol y los revólveres.
Porque ahora, señoras y señores,
vivimos el nazismo de la hambruna
en las aldeas más tristes de la tierra
que no importan a nadie. Somos focos
occidentales de una felicidad
que se evapora sin mentiras o Prozac.
Al espejismo virtual de una prosperidad
de cartón-piedra, de vídeos y anorexia,
se embarcan las pateras con gente
que ha de ser cebo de los tiburones
en aguas extranjeras. Los que llegan,
serán carnaza para los barracones
marginales, sumergidos también
en la desgracia sórdida que vive allí
mismo, detrás, en las callejas.
Quién puede titular el zumo
de la misericordia cuando sólo
las mujeres más pobres de la tierra
sujetan todavía un hilo de esperanza
a la cometa de un continente
desconocido que nos intranquiliza
como las bombas de relojería.
Son palabras-pensamiento, palabras
para nadie, palabras-epitafio como
nanas de entierro para sus niños
muertos; palabras destiladas por pechos
consumidos como odres resecos. Palabras
mutiladas de africanas menores que sufren
ablaciones. Palabras que callan
las niñas-madres que nutren ejércitos
de niños-soldado. Palabras prohibidas
de mujeres-ganado que suplen
a los bueyes, que ocupan en la yunta
el lugar de las mulas. Analfabetas
palabras sudadas de labranza
que estallan en campos sembrados
por minas personales.
Palabras sin valor de las mujeres
vendidas por sus padres. Palabras
de las mujeres compartidas con otras
como ellas que no tienen un hombre
cada una capaz de preocuparse
por su suerte. Palabras de mujeres
abandonadas por sus dioses.
Hablo de las silenciadas, de aquellas
que se matan en levantar un continente.
Ellas no tienen nada más que su lucha
cada día que pasa. Y el silencio.
Un silencio que llega pronunciando
tu nombre, y el tuyo también; el de éste
y el mío, los vuestros y los suyos,
urgiéndonos a tensar los hilos
del remonte.
Escuchad ese sonido sin intérpretes.
Habla de plenitud.
Es África que tiembla por la vida
como un pájaro herido en nuestras manos.
"Colores
para África, 1999
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