Alcober, por aquellos tiempos
de muros y distancias

Hay una buena forma de compartir cafés y eclairs, aunque el café se enfríe
por la inmediatez de distancias y los eclairs sean sólo esos bocados imaginados
en la almohada. Hay una buena forma, auténtica forma de relacionar
el néctar oscuro y azucarado del café, con esa impresencia almibarada del eclair
en la lengua, en el paladar soñado a extramuros, como esos cuentos de niñez
detenidos en nuestras memorias o en páginas exaltadas por el marcador traído de París.

Una buena forma con besos de lluvia alumbrados por semáforos intermitentes
en la Puerta del Sol, las historias de acariciadas noches, de sorpresivo deambular
por la concebible ruta del libre albedrío, tus primeros intentos –no fallidos, sólo desafortunados- por descubrir en las estatuas de la ritualidad ese gesto reconciliador
y afable del abrazo urgido.

Buena, buenísima forma, de compartir la risa y la angustia de Afrodita en su mercadeo
de labios blancos, o sencillamente, su terso pecho esculpido en un rapto de consagración serena. Una buena forma, quizás la única, de sernos revelado el diálogo anverso matemáticamente consciente del amor, esa palabra ausente,
pródiga en símbolos curiosos, atravesada por el mar en su mitad insoportable.

Hay una buena forma,
                             cafés y eclairs esperando
                                           por un encuentro en South Beach.