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Cuando oí sus voces, no hice caso y seguí mirando la
televisión. Pensé que probablemente continuaban jugando en
su habitación de juegos. Escuché sus risas y gritos de niños traviesos y encantadores, y sentí una especie de satisfacción que llenaba mi cuerpo de gozo. Últimamente me encontraba un poco cansada y nerviosa, pero sin embargo presentía que, de alguna manera, mi existencia dependía de la felicidad de mis hijos. La voz de Pablo ya un poco gruesa y fuerte inundó la casa de vitalidad, y luego escuché la de Patricia que replicaba algo a su hermano. Tal vez jugaban a imitar la acción de la última película que vieron la otra noche. Intenté concentrar mi atención en las palabras que emitían las imágenes del televisor. Un hombre calvo y apariencia bondadosa daba consejos sobre la salud de la gente. La vida, aseguraba, esta llena de peligros, pero con un poco de precaución y sentido común, podíamos alargar y mejorar nuestra existencia. La felicidad, continuaba el hombre bondadoso, está al alcance de todo el mundo. En aquel momento volví a oír la voz de Pablo: ¡Mamá, mamá!. Miré, sin levantarme, la puerta de su habitación y le pregunté qué quería. No me contestó. Después sonó la voz de Patricia: ¡Mamá, mamá!. Me levanté del sofá a la vez que preguntaba qué pasaba. Nadie me contestó, pero había algo en sus voces que me hizo notar como una sensación de angustia e inquietud. Abrí la puerta de la habitación de mis hijos y la descubrí completamente vacía. Estaba limpia y ordenada, pero ellos no estaban allí. Me quedé de pie sin moverme, observando un coche a pilas que había en un rincón del suelo y una muñeca que parecía mirarme con una actitud fría y antipática. ¿Dónde se habían metido estos niños? Sin saber demasiado bien por que, me desagradó aquel orden tan impropio en ellos. Volví a escuchar la voz de Pablo: ¡Mamá, mamá!. Esta vez la voz me pareció proveniente de su dormitorio. Pero al llegar, obtuve el mismo resultado que en la habitación de los juegos. Vacía. Y sus camas hechas cosa extrañísima en ellos; y aquel orden que me pareció aterrador y silencioso Empecé a inquietarme. Miré bajo las camas. ¿Quizás me estaban gastando una de sus bromas? Si era así se llevarían una buena reprimenda. Me agaché y, apartando la colcha, examiné el suelo oculto por las dos camas. Nada. No había nadie, solo silencio y aquella limpieza semejante a la de un hospital y que, no entendía por qué, me producía un nudo en la garganta. ¡Mamá, mamá!. Ahora era la voz de Patricia. ¿Pero donde se habían metido? ¿Se puede saber a qué jugáis?, exclamé intentando inútilmente hablar sin que me traicionase la voz. Empecé a registrar toda la casa. La cocina, los dormitorios, los armarios, la despensa... Los llamaba, les imploraba que dejasen de jugar a aquel juego tan feo, y cuando cansada de dar vueltas, me quedaba sin saber qué hacer, volvía a escuchar sus gritos: ¡Mamá, mamá!. Mis hijos me llamaban con insistencia, tal vez me necesitaban, pero yo era incapaz de encontrar-los, de protegerlos. Ahora oía sus llantos. ¿Por que lloráis, hijos míos? ¿Por que os escondéis de mí? Empecé a llorar yo también, sin poder parar. Patricia, Pablo. No me hagáis esto. Soy vuestra madre. Yo os quiero más que nadie. No sé cuanto tiempo transcurrió, pero al fin oí la cerradura de la puerta de casa que se abría y corrí hacia allí. Era Mauricio, mi marido. Lo abracé con todas mis fuerzas, como si temiera que también él desapareciera de casa. Me acarició la cara y me la besó. ¿Qué te pasa, María?. Su voz parecía un bálsamo. Yo cerré los ojos y seguí llorando abrazada a él. No le dije qué era lo que me pasaba, no me atreví a anunciarle que no encontraba a nuestros hijos, porque temía que me comunicara aquella cosa horrible que ya me había dicho en otras ocasiones, que a nuestros dos hijitos les había atropellado un camión que había huido sin dejar ni rastro y que ahora yacían enterados en un nicho feo y silencioso como nuestra casa. No, no consentiría que me volviese a decir eso. |