Aguja y lana
para enraizar tiempos enfrentados

Lámpara y aceite
para alumbrar sobre tierra en tinta



Era hija de Penélope
suya y nada más
y yo la amaba

Eran los días de locura aceptada
cuando caminar las calles de octubre
las baldosas en sombra
repetía un continuo agradecer a las ramas

Y los abrigos se iban guardando
y solíamos ir a la plaza
para quedarnos hasta la noche
mirando aquella estatua
su descanso de lanas verdes
la lluvia que el foco de neón humedecía en su piel
todavía más blanca
y su pelo
cuánto más negro

Mirando o rindiendo los ojos
hacia la hilera de árboles imprecisos
al otro lado de la avenida
donde otros corrían su cansancio
más hondo aún
hacia la noche
Eran los días del no hablar
las palabras parecían haberse agotado
hacia finales del invierno
pero claro
y lo sabíamos
aquello no era cierto
éramos nosotros
y la canción de nuestros gestos
o el cansancio ante la eterna fila de nudos
los cruces sin solución
el sudor que acechaba el fin
de aquella caída de neones
la vuelta a casa
la sumisión al párpado

Y ella tejía
me observaba ahí
recortado contra la ventana
confundido casi con el brillo de la guitarra
un brillo tan hábil que capturaba
los escasos rayos que lograban embocar
las hendijas de la persiana
ninguna escapaba mientras
punto tras punto
las sucesivas hileras pretendían pactar
una escala que nos llevara
sanos y salvos
hasta el invierno siguiente

Octubre fue una isla en aquel año
y vivimos en Ítaca
sin dejar de envejecer
y subidos a una tabla de tristeza

Era hija de Penélope
y nadie más

y nos amamos
visto hoy
en el beso de un fantasma

Este poema pertenece a la colección "Colman Bock".