
| Para
León Felipe, piedra como yo. Para los cubanos del exilio, que son más de dos millones durante más de 40 años |
| Nadie
tendrá problemas con mis restos mortales si, como he dicho ya, un día yo muriera. No sé a quién le tocará la fúnebre y funesta misión de encontrarme muerto porque el destierro es el lugar donde no se sabe nada de hoy, de mañana, ni de ayer. No sé si será una mujer, un amigo, una vecina anciana y asustada, un portero, un policía, un enemigo, alguien que pasaba por allí. No sé tampoco dónde moriré, si en mi cuarto, si en la calle, si en el trabajo, si en el hospital, si en el barcito Kariel donde tomo café con leche y leo el periódico todas las mañanas. (debo morir en un barcito). Podría ser de un infarto del cerebro o, tal vez, del corazón a donde han ido a parar todas las furias, los miedos, las melancolías y las fieras o cursimente de hambre o del azúcar baja o el colesterol alto o, simplemente, de estar lejos. No sé ni quien recogerá mis propiedades, mis paupérrimas propiedades que no relaciono para no ofender, sin embargo pueden quemar mi verde traje parisino, mi amarilla corbata italiana y todo lo demás, hasta mis cartas enviadas y no enviadas que ya cumplieron su misión. (Sé que alguien aprovechará el desconcierto en torno al muerto desconocido de quien nadie se declara propietario para sustraer sigilosamente -y no para guardarlo de recuerdo- mi juego de pasador, yugos, plumas y fosforera mas no me importa). En caso de que alguien tropiece con un ladrillo que yo pueda haber modelado sí le rogaría que modelara otro igual o mejor. En caso de que alguien tropiece con algún libro que yo pueda haber escrito sí le rogaría que lo tirara contra la puerta de alguna (editorial y en caso de que, con tan buena suerte, se publicara algo decreto que por 70 años todos los derechos de autor pertenecen exclusivamente a un ser que dejé en La Habana. Si surgiera algún(a) admirador(a) del que modeló el ladrillo o del que escribió el librillo y deseara saber algo de aquel modelador de librillos y deseara saber algo de aquel autor de ladrillos y si deseara, incluso, ir hasta su tumba y leer su epitafio y ponerle una flor no podrá hacerlo. No habrá epitafio ni tumba, pero, solamente para que la historia tenga un final (feliz, daré dos direcciones. En un pueblito del centro de mi patria cuyo nombre es Corralillo (me hubiera gustado ser Conde de Corralillo) pasé mi adolescencia, suspendí matemática, tuve amigos y novia, y en un barrio de la capital cubana cuyo nombre es Bacuranao (me hubiera gustado ser Barón de Bacuranao) donde viví mis últimos añitos con patria propia detrás de mi casa hay una pradera y en la pradera, una ceiba y recostado a esa ceiba amé a una mujer o modelé un ladrillo y escribí poemas o cuentos o novelas o no sé. Pero sé que nadie tendrá problemas con mis restos mortales porque no seré nada exigente en esa hora. No quiero que me incineren porque he vivido toda la vida incinerado y sembrando fuegos (el que siembra fuego, recoge resplandores). No quiero que echen, pues, mis cenizas al Nilo para reencarnar en los peces o las conchas. No quiero que me embalsamen ni quiero que me entierren aunque para mí sea leve la tierra. No quiero una tumba junto al Manzanares de Madrid, ni quiero una tumba junto al Almendares de La Habana por tanto no habrán de trasladarse mis restitos a Cuba. No quiero nichos en catedrales, ni misas, ni esquelas pues todos los días en ellas ya me vi. Tiradme en cualquier lugar donde mi hedor no moleste a nadie y, como carroña ensimismada, libremente puedan seguir comiéndome los buitres. |