Debe de ser mi irreprimible
horror al vacío, mi innata
tendencia a rellenar rellanos,
a no dejar rincón sin telaraña,
ni jaula sin canario cantor.
Una costumbre ancestral, sin duda,
un legado de mis abuelos
de pómulos apenas discernibles,
de amplias, voluminosas nalgas
oprimiendo camas y butacas,
de rubicundas, carnales mejillas
casi rebasando los retratos.
Casi instintivamente, entonces,
el librero abarrotado de libros,
la alacena ahíta de forraje,
las paredes cubiertas de cuadros,
y armado de trémula tinta
a emborronar pulcros cuadernos,
a garrapatear de renglones
malnacidos sus hojas inermes,
a no dejar rincón sin mácula.