
| Debe
de ser mi irreprimible horror al vacío, mi innata tendencia a rellenar rellanos, a no dejar rincón sin telaraña, ni jaula sin canario cantor. Una costumbre ancestral, sin duda, un legado de mis abuelos de pómulos apenas discernibles, de amplias, voluminosas nalgas oprimiendo camas y butacas, de rubicundas, carnales mejillas casi rebasando los retratos. Casi instintivamente, entonces, el librero abarrotado de libros, la alacena ahíta de forraje, las paredes cubiertas de cuadros, y armado de trémula tinta a emborronar pulcros cuadernos, a garrapatear de renglones malnacidos sus hojas inermes, a no dejar rincón sin mácula. |