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exilio es una plaza tan majestuosa como la Monumental Las Ventas o sencilla como la de San Sebastián de Los Reyes, una plaza, un ruedo, aficionados, tendido 7. Pero yo los exiliados no tenemos en ella ni el rol de matador ni el traje de luces ni cuadrilla ni, claro, dos orejas y un rabo ni pañuelos blancos, Puerta Grande, hombros (cargadores ni una ovación. Ni silencio respetuoso. Yo los exiliados salimos siempre por la pequeñísima puerta de la muerte Y por la pequeñísima puerta de la muerte siempre entramos. - el toril de la séptima clase - Nunca seremos El Juli o Miguel Avellán, Enrique (Ponce, José Tomás y nadie nos despide de nada como al benemérito Curro en la Real Maestranza de Sevilla. En esta plaza nuestra donde tampoco se toca pasodoble sólo me queda la opción -para los toros no hay alternativa- de ser un vitorino y que la vida cumpla con nosotros magistralmente las tres buenas suertes malas. Siempre nos toca un buen lote de toreros, el del mejor (recorrido de la tarde, el de los clásicos y enrazados, el de maneras nobles (y de castas y fijeza insuperable. La faena conmigo, el toro de la tarde, siempre es pulcra. No hay pinchazos inciertos ni estocadas caídas. En caso de que yo el toro demuestre más casta y arte que el torero o geste y alumbre la faena ideal -la de seis orejas, tres rabos y 13 Puerta Grande- tampoco seré indultado, tampoco seré semental -ni me interesa- En caso de que yo el toro en un alarde de ingenio, dolor, amor y absurdo, despoje del capote al matador, dirija la suerte de varas y se cumpla incluso sin puyazo fuera de lugar y en dos embestidas con rabos ondulantes le deje al mataor la salida infinita y abierta, aunque yo clave las seis banderillas amarillas y rojas en el omóplato de El Juli, en la 7ma. vértebra, aunque lo espere, en fin, en porta gayola y haga un tercio de muletas de luces, cuatrocientas verónicas, mil naturales, quinientas (manoletinas después de ejecutar dos quites de Dios, y entre a matar y mate con la espada impecable del Diablo, seguiré siendo el inválido toro de la tarde. (No somos anhelados por las mujeres y respetados (por los toros como Jesulín. No lo somos). El toro yo que habrá salido furioso, desorientado, fiero sin saber a dónde llegó ni qué le espera -nunca llegaré hasta el humilladero, allí nunca me (verán - el que, visto el caso y comprobado el hecho, sólo puede sólo tiene el derecho de recibir un fino espadón en los medios y salir mal andando hacia las tablas con la esperanza inútil de doblar presto y recibir un primer y único feliz puntillazo. |