Tarde que temprano habrían de encontrarse. Es una sentencia de la suerte. Su belleza pule el viento en la suavidad de las noches. Y caminan, de la montaña al llano, dejándose arrastrar por la caricia húmeda del agua, seduciendo al sol y a la tierna mirada de unos ojos grandes. Ruedan y se pierden en la osadía de una avalancha sin cordura. El tiempo, que todo lo pone en su sagrado sitio, los confronta en el dubitativo filo del desconcierto. Qué hacer. Bajo la sombra de los riscos, entre los holanes de la montaña, desnudan su secreto sobre el pedregal. Aquí también: piedra tú, piedra yo, nos arrastra la urgente necesidad de vivir.