(Tributo a Miguel Hernández)
para Julio Carrasco
Algunas tardes voy
y me tiendo sobre la hierba del bosquecillo, en el Pinar del Rey,
y un hombre que ha soñado con las aguas del mar se me acerca como transparente,
como espuma o como vaho de agosto, acerrojado en ese olvido que viene
con el paso de las estaciones que se acumulan por años y tornan indiferente al aire.
¡Qué cruel es el hombre
multiplicado por miles de hombres que van perdiendo su sangre
de eslabón en eslabón, entre las voraces mejillas
que se disponen al superfluo beso del pasatiempo!
Tú, que has amado como pocos,
como se ama de veras: queriendo ser el cuerpo yacente de lo amado;
demasiado vehemente para ser recordado,
demasiado parco para el tributo numeroso,
te tocó vivir tus escasos años entre sonidos que el hombre y el tiempo
luego se encargan de atar a las tinieblas del trueno que no debe ser recordado.
Se entiende que no enlacen sus almas al pasado que fueron tu presente:
tu verso es quedo y demasiado fuerte a la vez
y nadie puede sentir por ti el dolor de la cebolla al perder su piel, tu piel.
Sepas, Miguel, que algunas tardes voy
y me tiendo sobre la hierba en el Pinar del Rey
y cuando apareces bajando esa casi imperceptible colina que queda a mi espalda,
me alegro de que te eches a mi lado y me hables de la guerra.
Yo te comprendo: sé lo que es no ser escuchado.