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acercaron un periódico y él leyó la primera plana. Los ojos se le hundieron en las cuencas, los pómulos se le afilaron y extravió la mirada. De inmediato adelgazó bajo la vestimenta blanca. Se adivinaba famélico, aunque de gallarda talla. Echó su mano hacia un lado, pero no halló su lanza. Llamó gritando a Sancho, el eco le devolvió la llamada. Se levantó taciturno. Desencajado recordaba sus andanzas, mientras todos los enfermos corrían en desbandada. « Rocinante, ¿dónde andas? Amigo Sancho, ¿dime el porqué de estas guerras, explícame qué es lo que pasa? » Desde aquel día el psiquiatra le censuró los periódicos. El hidalgo caballero no puede tener noticias que convulsionen su alma. |