| El
paso ruidoso de las agujas del reloj marcan el vacío y la soledad.
El compás estrepitoso del tiempo retumba en el salón de los
recuerdos y del dolor. Belleza material, abundancia de vivencias ofrecen, a la mirada del visitante, el espectáculo de lo anodino disfrazado. Décadas de esfuerzos, de amor para forjar, adornar el nido de la pasión, de la ternura, de la esperanza. Décadas luchando, olvidando la propia identidad para regalar a los que amas el reflejo de tus emociones, el deseo de lo que esperas de ellos. Ahí estás, con tu escenario y sin actores. Los intérpretes actúan en otro lugar, fuera de tu mirada, fuera de tu alcance, fuera de tu corazón. Son tu eje principal, pero tú eres solamente para ellos el último eslabón. Y observas la aguja que avanza solitaria. Que recorre su camino. Que llega a la otra punta de la esfera, sin mirar hacia delante, sin mirar hacia atrás. Camina sin principio, camina sin fin. No hay salida. No hay huida. Toda una vida encerrada en el marco de este reloj. |