
| Carlos
Brignardello Radulescu, "El vigilante del desierto", ahora cuerpo astral, vivió entregado a la belleza de un mundo del que fue ciudadano de excepción, siendo además por mérito propio y para quienes le conocimos bien, digno embajador de todo un continente. Desolación e impotencia me atenazan al referirme a un hombre extraordinario cuya delicadeza resulta tan difícil sugerir en un apunte desarbolado por la pena que impone además, por su brusca desaparición, el uso del pasado para referirme a quien tan hondamente he querido. Fue este limeño singular, hijo de padre de ascendencia italiana y madre rumana, un espíritu de excepcional riqueza y curiosidad sin límites que se extasiaba en el conocimiento de las raíces, las orillas y las sangres que le habían gestado. Algunos le conocimos cuando era la encarnación porfiada, más pura y alegre, de las antípodas que han pretendido enfrentar los tópicos civilización y la fuerza bárbara de la naturaleza (mal interpretada como barbarie). Elegante e intenso, sujeto y colorista, él amó el refinamiento de la cultura clásica europea, como amó la intensidad vital de las culturas peruanas prehispánicas y el Siglo de Oro español o la penetración inquisitiva de las escuelas filosóficas y el estudio de las religiones y los mitos con un eclecticismo intelectual que le libró de dogmas pero no le apartaba de explorar -siempre acompañado de la gran literatura- los caminos recónditos de la selva, el desierto o la costa, la montaña o el llano, y hacerlo pertrechado de poco más que una valentía temeraria. Autodidacta aplicado, estudioso constante, minucioso y barroco, -qué gran escritor será preterido por el historiador-, se fue haciendo a su manera y lejos de reconocimientos y academias, heterodoxo, pues era la suya una entrega absoluta. Fue abandonando sus títulos oficiales (compartimos la licenciatura en Ciencias Políticas y Sociología), para adentrarse en su pasión razonada que fue capaz de poblar el vacío espacial, la nada, con una compleja estructura simbólica por él inventada al palpitar de un corazón rebosante que latía extasiado ante aquella paralela sencillez tan verdadera. Así fue: libre y solitario. La mejor canción de cuna en esta hora amarga se cierne en los espacios desconocidos de la extrema belleza desolada en los que se internó sin testigos. Arde su nombre en un recuerdo que se remonta a más de treinta años de amistad y habita en la leyenda de un personaje polifacético que un día muy lejano regresó a casa, a Miraflores, (luego se instalaría en la hermosa casa de Barranco), ungido de los descubrimientos juveniles en tierras remotas para entregar su versátil talento -y el tremendo amor que le inspiraba- al estudio de la complejidad paisajística e histórica del Perú en sus estratos más antiguos, tejiendo así la intuición y la agudeza de su visión con la búsqueda de la propia identidad. Porque Carlos Brignardello Radulescu llegó a amar la sobria y rara belleza natural que contempló como una prolongación de sí mismo y de todo lo que quisieron ser los brillantes yos que le habitaban a los que fue despojando de todo lo que no fuera lo esencial. Y a ese empeño entregó sus brazos Polifemos para que fueran río manantial. Poseedor de todas las claves de la inteligencia y la sensibilidad aunadas en una cultura enciclopédica, heterogénea, que reunía sabidurías simultánea, fue a dárselas, para concederle un alma, al espacio desnudo en el que aprendió la última renuncia. La pasión del desierto peruano y sus espejos, (que yo no caminé nunca con él y que los que la vivieron a su lado califican de experiencia casi sobrenatural), la deslizó en mis oídos como brasas que exhalan aún su quemante rescoldo en las palabras que todavía reverberan de aquella nuestra primera juventud donde soñaba América. La inesperada partida de Carlos Brignardello Radulescu, en su entrañable corporeidad física tan afectuosa y especial, ha llenado de lágrimas un mar silencioso y supone la pérdida (para el Perú y el mundo) de un estudioso apasionado, original e imprescindible que nos dejó un precioso libro: Simbología prehispánica del paisaje y artículos como "La visión indígena del caballo" y ese "Paisaje exento" que se inserta en Desiertos vivos. Carlos Brignardello Radulescu, "El vigilante del desierto", estaba escribiendo un diccionario de simbología prehispánica que le hubiera tomado "quizá dos lustros concluir". Y se internaba, en los espacios míticos a los que ya pertenece, al enigma en la intensa luz de sus exploraciones, investido de imprescindibles artilugios: gorro o sombrero, gafas oscuras, báculo, (además de borceguíes, mochila, navaja, GPS, pistola, largavistas, planos, sogas...) bajo el sol del trópico. Así aparecía embozado (y ensimismado) en las fotos recientes tan diferentes de aquellas del pasado (sonriente y descubierto, pletórico de vida) que se destruyeron en la inundación de mi biblioteca: yo le bromeaba calificando las nuevas de fotos "encubiertas". Lloré por mis libros perdidos -tantos que él me regaló subrayados para hacerme su cómplice- hasta que empecé a llorar por los seres queridos que así morían para mí dos veces al no poder encontrar su antiguo rastro en las cartas manuscritas ni en la consolación de las instantáneas anegadas que arrebató el azar: jamás pensé que esto atañería a Carlos, cuya tutela física creí inextinguible. Pero ya nunca le abrazaré. Ni podré releer aquellas maravillas (poemas-joya, cuartillas apretadas donde se sumaba a la pasión la sensibilidad estética), que él me escribió, río torrencial, cuando firmaba "Chape". La máquina implacable de las imágenes compartidas, cegadoras y bellas, está en mi memoria golpeada por este pulso con remate de suertes de la muerte, ay, cuando se abre en mis tuétanos el abismo de la separación. Mientras, sus amigas le extrañan: Claudia y Gracia ordenan sus asuntos, Delia y Elena susurran mantras de la compasión: "Om-mani-padme-hum"; Serenella y Diana cuidan de su casa y sus perros (de su adorada "Pichuza"), Vivian calla; su queridísima hermana Lotta llora, huérfana desolada, lágrimas de plata en el malecón. Porque ya no le despertaremos con la oración ronca de Blanca Varela en este quebranto de su desaparición: "Si me escucharas / tu muerto y yo muerta de ti / si me escucharas." De su libro Simbología prehispánica del paisaje, su maestro Arturo Jiménez Borja, -tras entenderlo "abundoso en belleza y conocimientos", "deleitoso viaje"-, subrayaba que Carlos Brigardello "dedica las páginas más hermosas y profundas al desierto" en una contemplación diseccionadora: "no creo que nadie lo haya tocado con tanta delicadeza". Miguel Torres M. lo clasifica en la categoría de los libros "que merecen ser entendidos". Ricardo Wiesse rememora al Carlos peripatético: "Los cerros Quebrada Tinajas aguardan para siempre a su empecinado visitante, cuyos ojos experimentados supieron detectar tantas huacas alineadas, altares y glifos en estos parajes calcinados. Un corazón enorme desafiaba mil, dos mil metros de cascajo vertical para encontrarse con un cántaro destrozado en la cumbre hace centurias..." Y vuela, polvo de leyenda, la palabra de Carlos en Paracas: "Paracas es un lugar distinto, alzado, donde el desierto recuerda el realce de una obra de arte entre contornos de mar; donde domina la riqueza cromática de las arcillas cremas y ocres, de los pórfidos, de las sombras malvas o violáceas proyectadas por los cerros sobre la amplitud clara, de las arenas grises, incluso negras, que sumada al azul profundo del mar, al celeste del cielo, al blancor hiriente de los salares y conchales arcaicos o al atenuado de los médanos, completan las irreales tonalidades del paisaje. Ahí la luz huidiza hace del color una fuga lenta, larga como el día, nutrida de matices de alborozo, al que la transgresión marina y el viento, al diluir las formas, añade el tacto de una piel vieja, a veces aglutinada, y ese carácter mental de alucinante interioridad..." Este hondo cariño prolongado en las metamorfosis del tiempo no puede ser amor que se resuelva sólo en impotencia y he de reciclarlo en amar todo lo que él quiso: su gente, sus paisajes, su legado, para que siga vivo. Iré a enfrentarme con su ausencia en el lugar donde reposa "Aquel peruano, Ciudadano del mundo". A toda la tierra de América, donde él yace, pido que cumpla la súplica de mi Canto V en "Viaje americano": "Cuida de que su rebosante humanidad / no se vuelque jamás desperdiciándose / en las esquinas de su incesante devenir." Y envío besos vendavales, brasas de fuego, al insondable azul. |