(El Bosque de Arturo Soria, Madrid)

Crepitan las carnes de los árboles entre las llamas.
El oporto en su copa viaja del granate al fuego.
El rostro se inflama, como de vergüenza o de urticaria.
El pecho se asfixia bajo la camisa del invierno
Y necesario es desabotonarla y quedarse casi en cueros,
Suaves cueros del amor, pieles recias del deseo,
Osamentas de querer y dejarse querer.
Yo me descalzo, todo me estorbo, todo me estorba.
Se carbonizó la piel, se chamuscó el cuero,
Y por estos atardeceres invernales, curia y villanos
Me han acusado de ser un desalmado ladronzuelo.
Como regalo de Navidad dejé para su estirpe
Joyas y cálices robados, incunables y fajos de talentos.
Ardió todo. Quemaron el cuerpo en Venarés, junto al lodo de la orilla,
Los cánticos de los fanáticos, la mierda de los perros.
¿Y qué quedó? Lo único que yo hurté, lo único que hurté yo:
el olor del hogar.
Cada año, reincidente, lo robo nuevamente
Pero no pueden enjuiciarme: si no hay materia no hay delito,
Sólo la gema del recuerdo.