La Habana, insondable, perpetua,
destilando el olor de todos los mares,
               de todos los epítetos,
de todas las ideologías que te cercan.
Te has quedado sola
en medio del destino.

Ayer se marcharon los ingleses con sus tropas,
nadie los quiso,
porque hablaban
en lenguas (al menos, en la lengua del otro)
Y al fin y al cabo La Habana era de Pepe Antonio,
que ni apellido tenía, o recordamos,
pero defendió con los dientes su villa,
y se hizo estatua en el parque de Guanabacoa.
Luego se marcharon los otros,
los indeseables "gusanos",
y un día comenzaron a irse uno a uno
los del Vedado, Miramar, Santo Suárez, Almendares,
La Víbora, Párraga (¡hasta los de Párraga!).
Y otro día, se ahogaron en la bahía tus niños, tus mujeres y viejos
cuando los demonios
hundieron a coletazos el remolcador. Ahora sus espíritus
flotan como algas.

Amores no te faltan,
ni hachas, ni martillos,
ni hoces, ni mitos.
Tú, La Habana soñada,
fina como dama de salón,
con trenzas y cañones,
convertida en cementerio de turistas,
es decir, de gente sin alma
que visita tus ruinas,
como si fueras Pompeya.
Nuestro Nerón anda todavía vivo,
planeando nuevas cacerías,
nuevas teas incendiarias.
La Habana arderá,
--dice--,
si lo atacan.
Y si no lo atacan
arderá igual porque él sueña con la Historia.

La Habana,
perdida en el horizonte del miedo
se hizo una noche al mar y aún no la encuentran.
No ha arribado a ningún puerto. Se teme por su vida.
Que se haya ahogado o se la hayan comido los tiburones.

Pobre Habana, pobre mujer y niña
violada por las sombras.



(Del libro en preparación Salmos de la Reina de Saba)