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Si
no te hallé, en aquel cielo fingido
sembrado de palabras virginales
maquilladas de estrellas, no fue culpa
de la noche invernal que ya escondía
el vestigio bruñido del ocaso.
Solo, culpable solo, aquella mano
que me guió certera en la promesa
de esquivo corazón,
indiferente
a la tanta mentira de la aurora
peinada de platino y azabaches.
Si no te hallé tampoco en la corriente
del desbordado néctar de pupila
que horadaba las sienes de otros negros
barbechos nocherniegos,
quizá culpable solo, aquella mano
que abrazó mi cintura sosegada
con el vano destello de la luna.
Engañosa la noche, por su sombra,
acaso el día, engañoso también
administrando luz para guiarme
equivocado,
oscuro y somnoliento
por el sendero gris de la memoria.
Y agostados,
mis locos pensamientos,
compañeros de viaje, tan cercano
y lejano a la vez, de tus adentros,
gravitaron cumplidos,
engañados,
en la dulce cuna,
libre
de rendidos anhelos.
Y nunca más te hallé.
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