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La
miel del eucalipto resbala por tu cuello
con la suavidad de un pie que se desliza en punta
para darme una sorpresa; por eso tus dedos,
con roce semejante, cubren mis ojos como un pañuelo blanco,
abandonándome en la oscuridad de la caricia y el olfato.
Eucalipto, arbustos salvajes, maderas preciosas,
maceran tu piel con seco aroma, rugoso y suave a la vez,
paradojas del argumento.
Tú celebras mi buen gusto... y sí, tienes razón,
por ese mismo buen gusto
es que lleva ya muerto hace tanto tiempo...
Madrid.
Nov.7.04
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