| Cruzó
la calle y entró en la carnicería. Compró corazón
en filetes y salí corriendo porque temía llegar tarde al colegio
a recoger los niños. Gustavo y Pedro la esperaban en la puerta. Tenían frío y estaban enojados. - Mami, otra vez tarde... Les cerró bien los abrigos y caminaron muy juntitos dándose calor. Al llegar a casa los niños sacaron sus deberes y pasaron un buen rato tranquilos. Aprovechó para limpiar el baño, recoger la sala y ordenar la ropa para planchar. Los niños le pidieron permiso para salir un rato con sus amigos. - Sólo hasta las siete les repitió Y se sentó, temía este momento más que ninguno, cuando se sentaba la cabeza comenzaba a trabajar y no había nada que la parara. La televisión y la radio sonaban al mismo tiempo pero no las escuchaba. Las persianas golpeaban, había olvidado cerrarlas y tenía que salir. Le daba pereza cerrar las persianas, le daba angustia quedarse a oscuras, sin la poca luz que todavía entraba, le daba tristeza la luz mortecina de la estufa de butano y las lámparas encendidas. ¿ Por qué mi madre me habrá puesto este nombre?- Se repetía, hoy era el nombre, ayer fue su estatura, antes de ayer el color del pelo. Siempre encontraba algún motivo para echarse la culpa de la situación. Sonó el teléfono- Sí, soy Levidinia, sí mamá, los chicos están bien, yo estoy bien.... Mamá, por qué me pusiste Levidinia, no tenías mejor nombre para mí? - Personaje de la novela? - Y yo qué culpa tengo? - Mañana te veremos, recoge a los niños, no te olvides. Cortó. Todos los días repetía las mismas cosas, todos los días su madre le recordaba que el personaje de la radionovela era una joven agraciada que tenía mucha suerte y que todo lo que deseaba se cumplía hasta la llegada de un joven, se enamoraba y comenzaba su mala suerte, accidentes, muertes repentinas en la familia y finalizaba suicidándose. Su madre había escuchado diariamente la novela, se puso de parto el día en que el joven declaraba su amor a Levidinia, le pareció un nombre bello y romántico y se lo puso a su hija, luego se arrepintió cuando dando de mamar a la niña siguió escuchando los capítulos pero ya era tarde... Recolocó los cojines del sillón y fue hacia la cocina. Comenzó a preparar la cena. La ensalada, el puré para Pedro que odiaba la lechuga y dejó para el final la fritura del corazón rebozado. Sonaron las voces de los niños entrando en la casa y peleándose por el mando de la tele. Niños, poned la mesa Gritó Y al colocar los filetes sobre la mesa Gustavo protestó: - No viene a vernos, siempre que haces corazón nos dices que este fin de semana tampoco tiene tiempo para nosotros. ************************ Miró atentamente la línea de sus medias; reflejada en el espejo vio que iban en dirección directa a las agujas de los tacones, se alisó la falda entallada y dio por terminada la tarea de arreglarse para ir a trabajar. Nunca se hubiera atrevido a salir sin sus tacones a la calle, las zapatillas para la casa o para el trabajo pero en la calle....¡Nunca! Cerró suavemente la puerta de la casa y se dirigió caminando hacia el colegio. Por las mañanas ayudaba en la cocina y luego recogía el comedor, limpiaba hasta que brillaran los suelos, las pequeñas mesas y las sillas, embadurnadas muchas veces de espaguetis y tomates con miguitas de pan y flan. Quince años haciendo lo mismo, le había dado una experiencia que le permitía dejar todo inmaculado; escuchar la radio y controlar los lavavajillas de la cocina. Cuando más ordenado dejara hoy las cosas mañana estaría más tranquila. Y pensar qué sólo quedaban estos meses para jubilarse... En cuanto llegaba al colegio se quitaba con rapidez la ropa, las medias, los zapatos y se ponía el uniforme rosa, los calcetines que buscaba a juego y los suecos corriendo de un extremo al otro de la cocina y el comedor. A veces, cuando llegaba la hora del recreo, observaba a sus nietos desde la ventana de la cocina. Gustavo cambiaba cromos y Pedro corría llenándose de arena y gritando. Se sentó en una pequeña silla, fumó un cigarrillo lentamente, era su recreo, el tiempo que se tomaba para pensar cómo le decía a Levidinia que su exmarido se volvería a casar. Temía que le echara la culpa como se la echaba por el nombre que le había puesto o por mudarse a ese pueblo, en medio de un páramo, el día que su marido la abandonó y no encontró otra posibilidad que irse con los dos a trabajar; primero limpiando casas, luego lavando y planchando. Finalmente trabajando en el colegio. Nunca había dejado de cuidar sus zapatos de tacones altos, de pintarse los labios con el rojo amor de Max Factor y de ponerse las faldas algo cortas y ajustadas pero de hombres nada. Porque bastante había tenido con Timoteo para tener ganas de volver a empezar. El patrón de las faldas le había durado años porque había engordado poco de tanto trabajar y correr. Los zapatos se los traía el zapatero del mercadillo de los sábados, sólo para ella, las mujeres del pueblo usaban botas, mocasines, alpargatas en el verano. En casa Nancho dormía, había trabajado toda la noche en el horno de pan, decían que era un extraordinario pastelero, quizá podrían poner la pastelería, como soñaba, cuando se jubilara y podría ayudarlo atendiendo a los clientes. Al morir Timoteo, le había dejado una pequeña cantidad de dinero que guardaba celosamente, de pensión nada porque había cotizado pocos años, decía que el dinerito mejor en mano que pagando autónomos. Panadero toda la vida, dormía de día y trabajaba de noche y, entre día y noche, los traguitos de aguardiente que lo hacían generoso con las ajenas y guerrero con los de su casa. Por suerte no se habían separado y hoy tenía su pequeño capital guardado. Las mujeres, en la cocina, charlaban mientras preparaban la comida de mañana, eran jóvenes y comentaban los chismes de la tele. Cuando Levidinia recogiera hoy los niños en su casa se lo diría, enviaría los niños a comprar unas chuches y aprovecharía el rato para decirle lo que le habían contado. Se levantó lentamente, sacó el lápiz rojo amor del bolsillo y se retocó los labios. |