Movimiento sísmico, a veces hechicero,
matices azules, tonos de pradera somnolienta,
tonalidades de rabiosa espuma nívea,
engalanan la superficie misteriosa
que rodea los litorales ambarinos.
El mar, en su reflujo incesante,
agasaja los arrecifes con un vaivén
y unas ondas añiles de leyendas cargadas.
Lame voluptuosamente la cálida arena áurea
y acuna en sus misteriosas hondonadas
la magnitud de la afligida soledad blanquecina.
Las gaviotas surcan el espacio céreo,
confundiendo las aguas índigo con el cielo
que invade el horizonte e introduce sus raíces
en las mareas esmeraldas del renacer y de la muerte.