El color de la naturaleza ha cambiado para mí. Su extraordinaria y vital gama puede verse de un sólo color, el amarillo. Mi casa amarilla, el bosque que la rodea, el río dorado con sus peces amarillos, extraordinariamente brillantes; pero amarillos y todo mi amor por los tonos de ese color, que a diferencia de los demás aparece como sinónimo de la luz representada por el sol; implacable en los desiertos y seductor en los amaneceres tropicales y antárticos.

Esta forma de pensar me produce amor por el queso, el maíz, los pollitos, las estrellas del atardecer, porque mi noche carece de esa oscuridad tenebrosa que apoya el misterio y la barbarie.

Mi vida tiene matices de otros colores para diferenciar las formas de las cosas que la rodean, como tus labios color amarillo-naranja y el tenue susurro de tu voz.

No hago gesto alguno por encontrar un calidoscopio porque al mirar dentro y darle vueltas, arruinaría mis vivencias mucho más hermosas y amarillas.

Quiero convertir las pequeñas olas del mar en oro, con sus espumas que se desarman en la arena.

El rayo cuando aparece en el cielo teje en zig-zag el comentario entre las gentes que lo ve. Un rayo es sorpresivo, veloz y sonoro. Viajo en el rayo como en un tren, conforme y con una poesía breve, transformando lo visible en mi amarillo personal.

Si abro la maleta para terminar mi recorrido, la música cristalina del saxofón dorado que lleva dentro, hace inspirar el canto de un canario y cruza el campo de trigo la más inesperada de las liebres, casualmente amarilla, como la estela de un cometa que no se despega ni descansa.

Villa Caparra, Puerto Rico 10-5-04