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Ha habido desde que soy consciente;
tantos decididos almuerzos, tanta delicia falsificada,
tanto darme cuenta del engaño de todos nosotros:
Nadie me ha querido: ni un relámpago, ni un poco de agua,
ni la goma con que borro mi nombre,
ni los horrores que son tan míos y sólo yo los compadezco,
ni la máquina de escribir, ni un automóvil,
ni la luz que sabe su último momento
cuando observa que voy a echarme para vencer el tiempo,
comerlo -destruirlo en mí- para ponerme luego a lamentarme,
a decir: "¿Qué he hecho?" "¿ Dónde
he estado?" "No lo merezco".
Quisiera entonces espiar en cualquier parte donde se diera un beso,
donde alguien corriera su mano sobre un cuerpo hermoso,
donde alguien proclamase que se ha acabado todo y nos vemos
sin señas sin subterfugios sin agonías
sin nadie con una mancha de penumbra y sangre entre los labios.
Pero estamos ciegos,
desde el principio estamos ciegos y compadecidos;
por lo que no conocemos y hemos creado con nuestro maldito miedo.
Pido un árbol donde recostar mi cabeza.
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