Escribe cada vez un verso menos.

Ignora las palabras grandilocuentes,
el triste oropel con qué han vestido a la poesía.

Escribe lo estrictamente necesario,
caduca todo tipo de concesiones,
el lenguaje almibarado de las flores.

Borra de tu registro a los poetas trasnochados
que cantan a la luna y a los amores imposibles.

No esperes el último día para hacerlo.