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el mar empuja dócilmente antiquísimos mundos diminutos, de noche, cuando el sueño atraviesa los muros, profanando las sílabas errantes de los cuentos. Es, entonces, la luna, burladero, refugio de las hadas y los ogros que en consorcio planean sin rubores la ruptura del viejo pergamino. En otro lugar duermen su sueño sin sonidos ni esperanza los héroes del pasado en un tálamo de cruces, vómitos y olvido. Antiguos mensajeros, mientras tanto, se despojan del tedio acumulado y vierten sobre el agua y en el viento viejas plagas, del tiempo rescatadas. La iniquidad ensombrece el firmamento. Bandadas subterráneas afloran como fuentes emponzoñando ríos y acuarelas. Flores de plástico y metal se adueñan de los bosques y un rapsoda es lapidado por castores bajo una luz violácea que desdibuja el orbe. La razón nos confiesa que todo está perdido. Pero el pequeño ladronzuelo ataviado con la sangre de sus muertos y el barro primordial que le sustenta, ha conseguido hacerse con la llave que conduce a la aurora o al destierro. |