para Manolo,
asesinado en un descampado de Fuencarral
un frío anochecer de enero de 2004

Hace tiempo no sabía quién eras, pero podía intuirlo.
Podía sospechar quién se sentaba a mi lado:
si tú eras tú, si eras otro, si eras mil veces otro.
Temía lo que fueras, quién fueses, lo que pudieras ser mañana.
No me alarmaba; al contrario, confiaba demasiado
en la inexistencia de razones para ser atacado;
nada personal motivaba la gota de sangre, la violencia inesperada del gato.
Y el resentimiento, la hostilidad, la codicia,
humanos aderezos de almas montaraces, sólo
luces reflejadas en el cielo de la noche con la incredulidad de la evidencia.
Hoy
todo sucede fuera de mí, más allá de nosotros.
No sé quién viene a mi casa.
No sé quién se acuesta conmigo.
Dudo que tu nombre sea ese que dices.
No sé por qué sonríes. Por qué me hablas, me acaricias.
Pero sigo dudando que halla algo en mí que te exaspere.
O tal vez mi calma, mi libertad, una cierta cordialidad
que sin intención te menosprecia. Porque ese desdén no está en mí,
ni siquiera en ti, sino en aires que soplan muy por encima de nosotros.
Roba las sábanas y déjame la piel,
llévate la piel y olvida el corazón,
arranca el corazón como trofeo de gratuidad,
pero quedará eso que nunca pudiste sentir. ¿Lo conoces?

(Madrid, 12 de mayo de 2004)