La casa está en alquiler, y yo la habito.
Limpio los escombros, sino los rincones donde se acumulan las sombras,
cenizas que levantan polvaredas como tornados si no se las pisa con el debido respeto.
Saco brillo al picaporte. Pinto las paredes
y los techos, que luego se extienden infinitos como el cielo o la noche,
o como el cielo de la noche, o ambas cosas, en fin
algo inmenso y repetido que nos anega inermes.
Compro una cama nueva, ancha y fuerte,
que sostenga con suavidad nuestros cuerpos,
o nuestro cuerpo de ocho brazos como una lámpara luciendo todos sus fuegos.
Soy el amante, la justificación de un adulterio, la verdad de su engaño.
Como todo amante que se precie, intento ser bueno, soy afanoso y entusiasta;
cumplo con mi trabajo, me muevo con soltura y precisión,
y cada vez guardo bajo mi piel una carta inesperada para la próxima ocasión.
Me esfuerzo en hacer del tallado una creación de ciencia inapelable
donde cada milímetro tenga una resonancia especial
y cada silencio sea ocupado por el silencio o la palabra precisa,
por supuesto ensayada mentalmente unos segundos antes
para provocar la reacción justa en el momento adecuado.
Yo no puedo decir, en cambio, que ese otro cuerpo sea mi amante;
tal vez es mucho más, posiblemente menos;
en cualquier caso, son dudas que debo compartir conmigo mismo
y nunca transmitir a quien se supone que recibo con el corazón ligero,
trasmutado en músculo que late y acompasa y acompaña
a unos besos que se mueven sobre la superficie del agua,
profundizando sólo en ciertas zonas donde el goce se hace excesivo,
insostenible, y estalla como un géiser termal, hirviente.
Todo parece bien como lo he dicho, razonado y sincero;
fluido y ágil como cuando la noche se moja levemente
sobre la inconstante sonrisa de las terrazas.
Y sin duda todo ello lo es.
Pero tanto si abro los ojos como si los cierro,
su rostro y su cuerpo inundan mi ventana,
anulan el cielo, hacen de la noche un cirio que se agota;
y todos mis métodos, mis artes, mis mañas
de amante afanoso y entusiasta se vuelven nada,
contra un corazón que abandona su frívola mirada
de aleatoria confidencia de amiguetes en la cancha,
y retorna a lo que siempre ha sido: un murmullo absurdo,
un vicio, absurdo e irreversible, finalmente incapaz de engañarse a sí mismo.