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Estas
palabras negras
están escritas a fuego,
y quemadas permanecen oscuras
en lo blanco del papel.
Hoy son la huella triste de lo que fueron,
restos de amor y lozanía,
el destino último de la llama.
Son cenizas.
Que las palabras quemen
-me dijiste,
un incendio en tus ojos-
o que maten.
La intensidad
tiene un precio,
una cifra fatal, carbonizada
sobre la piel,
sobre el alma.
Y ahora sólo es necesario
un ligerísimo viento de poniente
para esparcir estas cenizas
-son manchas-
sobre este lienzo.
Me está comiendo la nostalgia
de aquel tiempo de fuego:
era cuando los nísperos
apuntaban el dulzor del estío
y la brisa impulsaba a este pirómano
a incendiar tus montes
con palabras,
que mataban de amor.
Por aquí pasamos,
como nómadas,
con la felicidad momentánea
del secreto del fuego
en las entrañas;
y por eso los claros
de este bosque blanco
tienen los cercos negros
del fuego del poema.
Que las palabras quemen
-me dijiste,
un incendio tus ojos-
o que maten.
Y puesto que ya no queman
-son cenizas
que esparce el viento-,
ni nos matan,
que tiznen los espacios
con su dolor de sombras,
que manchen
como un punzón efímero
sobre el papel en blanco.
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