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El
almacén es largo y silencioso. Roque se lo sabe de memoria y conoce
las sombras. Pasa y vuelve a pasar junto a las comensalías de cucarachas
y ratones que cenan allí harinas crudas y purés fermentados.
Cada dos noches, se hace amo de ese retazo de ciudad. Llega al atardecer,
con su gran gorra gris que dice Toyota y un radio portátil.
Trae unos panes dos panes y un pomo de agua congelada. Diez
cigarros populares y una fosforera Bic, rellenada por quinta vez en un
portal de Cuatro Caminos.
Trae la Biblia para que lo acompañe y unas fotos de él con
sus amigos. Con todos los amigos que se quisieron fotografiar en un cumpleaños,
en Nochebuena o en la playa.
Esas imágenes le ayudan a soñar y a recordar en las doce
horas limpias que tiene por delante. Le ayuda una emisora que pone bolerones
por la madrugada y colabora la extraña calidad del sosiego.
Para los empleados y los guardianes que lo ven entrar y salir serio, estricto,
sobrio, Roque es un tipo más, alguien que cumple con su trabajo
y se va. Un hombre tranquilo y anodino.
Es un trabajo ideal, dice, me paso todo el tiempo solo y pienso en lo
que yo quiero; cuando me citan para una actividad política, yo
voy. Que hay que llevar banderita, la llevo. Que hay que gritar cualquier
cosa, la grito.
Tengo mucho tiempo para ser lo que realmente soy, un artista. No tengo
fama, ni canto por televisión, nada más que me conocen algunos
amigos y mi hermana Toti, pero yo soy feliz a mi manera.
No tengo preferencias, trabajo cualquier género. Cuando era más
joven cantaba baladas. Imitaba a Luisa María, una muchacha que
se fue, y a Pilar Moráguez, y otras noches, según por lo
que diera, hacía de Luisito Aguilé o Luisito Bravo. Creo
que la figura que mejor represento es a Blanca Rosa Gil (¿te acuerdas,
La Muñequita que canta?), hago una creación. Todos los sábados
me piden algo de ella.
Somos doce o quince, depende. Nos reunimos y cada cual canta lo que quiera
y se viste como quiere. Allí aparece Annia Linares o Albita, no
importa. Es puro arte. No se cobra nada. La gente lleva su botellita y
a divertirse y cantar.
Mi hermana, que es mayor que yo, me ayuda con la ropa y el maquillaje.
Ya tengo 61 años. Sufrí mucho con esta cruz, pero ahora
estoy bien. Tengo como otras vidas...
Roque es mi nombre verdadero, pero no vamos a decir mi apellido. Lauren
es como se me conoce en el arte. Ciertas noches, en el almacén,
me dan deseos de quitarme la gorra y gritar yo soy Laureeennn, la voz
de terciopelo del reparto Capri, dice Roque, y se pone la gorra otra vez.
La
Habana, abril 2002. Cubapress
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