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Si
la Medusa de la poesía seduce con su mirada verde, uno queda atrapado,
hechizado. Como en una dorada prisión sin barrotes no sabe salir
de ahí. Y a lo mejor ni quiere. Esa "libertad encarcelada"
(empleo un oximoron de Quevedo) es culpa del poeta y su agudeza para ver
en medio de la noche azul. No tiene que abrir sus ojos de águila;
percibe más con el corazón que con la razón. A ojos
cerrados ve a través del sueño, matiza en su ilusión
una realidad en blanco y negro, colorea los fenómenos según
su deseo. Así proyecta en su obra luces del alma donde, en ocasiones,
se agitan los hilos descoloridos del deseo.
El hilo conductor de la mirada En cuanto a la voz poética garcíalorquiana haré una nueva lectura siguiendo el hilo conductor de la mirada, un tema mayor a mi interés. En Libro de poemas, Poema del cante jondo, Primeras canciones, Canciones, Romancero gitano, Poeta en Nueva York, Llanto por Ignacio Sánchez Mejías, Diván del tamarit y poemas sueltos; ve a una niña tocando una dulce gaita ausente, ve a un marinero degollado, ve un cielo desierto, ve los toros en Sevilla, ve una cabeza bovina recién cortada, ve la seta venenosa, ve el jardín donde los gatos se tragan a las ranas, ve los ojos secos de las palomas. Por instantes la poesía de García Lorca posee el don de la magia, no digo que me estremece como para modificar mi carácter o sensibilidad. La magia de la mirada brota en "Paisaje", de su libro Canciones:
Un árbol amarillo se convierte en pájaros, es posible que sean sus flores las que se transforman en aves. Aunque son turbios los cristales a través de los cuales los niños ven, es una imagen del Eros bien distinta a la repugnante escena en que una bruja convierte a un hombre en sapo. Aquí el árbol-símbolo de la vida en el cosmos ~nace, crece, se reproduce y muere~ puede ser de hojas, flores, frutos o estrellas. El árbol es un lugar donde los pájaros hacen sus nidos, siempre y cuando no esté deshojado, y se recorta contra el cielo donde las aves vuelan. "Paisaje" es un bello poema con el don supremo del encantamiento de suave y dulce voz. Y al citar un fragmento no quiero decir con ello que el paisaje está íntimamente ligado a la poética de García Lorca, salvo si se trata de lo natural humano, al que concede el más alto sentido de la empatía. Está bien que a menudo se ocupe de él, sin embargo el paisaje-melodía no es su destino como sí ocurre con el poeta colombiano Aurelio Arturo y su Morada al sur ¿Por qué un árbol amarillo? Suponiendo que el poema no se refiere a que son las flores las que colorean el árbol (el pájaro se asemeja más a una hoja), de todos modos el amarillo es asociado a la luz; es un color cálido, afectivo, amoroso. Van Gogh pintó un segador en los trigales amarillos, y si bien el segador es una alegoría de la muerte, lo pintó todo de amarillo para combatir su efecto mortífero, para "exorcizar" los "espíritus malignos" que lo torturaban en su locura. Es una suerte de magia blanca que trabaja con el poder de la mente, que se vale de la omnipotencia infantil de las ideas, y se contrapone a la magia negra de hechizos maléficos. Ya se sabe, las palabras mágicas hacen volar alfombras en los cuentos folklóricos. Ese juego de palabras adquiere un mayor encantamiento, creo, si alude a la mirada. Los cristales de "Paisaje" son turbios porque la tarde se viste de frío, hecho que me instala en otra clase de mirada:
en "Romance sonámbulo", del libro Romancero gitano. Aquí se describe la mirada de acero de una gitana oculta a la realidad, habitante subterránea que se refugia de inviernos y miradas, que ni siquiera contemplaría con sus ojos fríos una colección de joyas extendida sobre la mesa. Es la luna la que mira a la gitana que sueña en su baranda fijando el hielo de su desdén que marchita el encanto azul del astro nocturno. Mirada de Avefría acusadora que estremece por ser ajena a una cálida sonrisa blanca. Mirada helada por el frío de afecto, como los ojos de los muertos ya listos para desintegrarse en polvo, como los ojos perlinos de los peces sacados en la red; mirando hacia lo lejos como queriendo ejecutar una venganza. Ojos que no tienen mirada y por esto ella no puede ver las cosas. Veamos lo que García Lorca poetiza en el poema "Elegía", del Libro de poemas:
La muerte-descanso de todos los males pone fin a la tristeza. A ese inexorable destino García Lorca lo rodea de flores y color, de amarillas estrellas plateadas que serán eclipsadas por otra estrella aún más luminosa. Rodea la muerte de una dulce ternura, como quien muere al caerse de una rueda Chicago mientras contemplaba las estrellas. Pues «La muerte no devuelve sino cenizas a los tristes», dijo Amado Nervo. Hay quienes consideran que la biografía de todo hombre debe empezar con el relato de su muerte que es el espejo de su vida. Situado en lo efímero de este mundo sublunar, García Lorca poetiza
en "Romance del emplazado". El poema parece referir un sujeto al que llaman Amargo, quien se pone la mortaja y se acuesta sobre la calle a esperar que la Muerte degüelle el Árbol de la Vida y así descansar de su soledad. Ya muerto no importa si le hacen compañía; si los gallinazos le revientan los ojos; si algún doliente se arroja sobre su cadáver y lo estrecha entre sus brazos, besándolo en los ojos; si hay quienes no lo lloran pero permanecen inmóviles mirándolo por largo rato; si los herederos del muerto (en caso de que los tuviera) se miraran pálidos sin decir palabra; y, finalmente, no importa que los gusanos que devoren su cuerpo lo priven de los globos oculares. Ni siquiera esos ojos inertes miran fijamente al cielo sino a uno de los muros que aprisionaron su amarga vida. Amargo muere en su ley: solo, como había vivido. El poeta prefiere los ojos abiertos y las "amargas llagas encendidas". Del cerrar los ojos, ya no respecto a la muerte sino con relación al dormir, enuncia que
en "Ciudad sin sueño", de Poeta en Nueva York. Es la oposición ojos abiertos versus ojos cerrados, en una ciudad nocturna donde "las criaturas de la luna huelen y rondan sus cabañas", donde las iguanas muerden a los hombres que no sueñan, donde el que huye con el corazón roto puede encontrarse por las esquinas a un cocodrilo quieto, donde llora el niño que enterraron en la mañana. García Lorca pone en alerta para decir que «No es sueño la vida», según pensaba Calderón de la Barca. Ojos abiertos, ojos cerrados, en apariencia ahí está el dilema de ser o no ser. Lorca propugna por abrir los ojos de un mundo que tiene por maña no ver ni admirarlo a uno, mucho menos al poeta. Alertar a ciegos con ojos abiertos, a quienes se niegan a abrir sus ojos para aprender a ver, a quienes cierran los ojos y quedan sumidos en el espacio negro. La lámpara que se apaga es una metáfora de la muerte, punto final en que los ojos se cierran y ya no ven más la luz blanca de las estrellas o la luz amarilla del sol. Porque es a través de la luz que los objetos recobran su forma y los colores vuelven a su sitio, aunque con las primeras luces lleguen las aves carroñeras. Además es verdad que a veces conviene estar a la sombra, pues la luz del día también lastima: «La mucha luz es como la mucha sombra: no deja ver», dice Octavio Paz. Y García Lorca escribe:
en "Nocturno del hueco". Con los ojos cerrados puedo escuchar la copa de vino que es llenada generosamente de nuevo, puedo ejecutar el piano y no ver a los censuradores, puedo percibir visiones extrañas y agradables mientras me duermo, puedo rehacer el camino hacia mis familiares, puedo escuchar mejor el silbo de una sonata antigua, puedo escapar a los desastres de la guerra. En síntesis, en ocasiones conviene habitar la penumbra y tener, aunque tristes, los ojos bien abiertos. Otra cosa es la tristeza inmensa que no admite la ventana de una sonrisa y opta por arrancar las notas melancólicas de un violín. La mirada de infinita tristeza, o tal vez de impotencia, en una cara seca como piel de uva con la pulpa ausente. La mujer que ante una pregunta mira con lágrimas en los ojos. El maestro cuyo rostro se dulcifica y la tristeza de sus ojos se mitiga con las risas de sus alumnos. Los ojos claros, tristes como aurora otoñal, que se quedan sin mirar.
poetiza García Lorca en "Elegía", poema que alude a un ser que acodado a su ventana se limita a ver pasar la gente, o que también podría mirar interrogante las farolas de gas, y cuya enorme tristeza que asoma en sus ojos envuelve una vida deshecha y fracasada. También imagino a una pequeña mujer de rostro muy dulce, pero los ojos llenos de tristeza. Alguien lleva en la boca su melancolía de pureza muerta, en sus blancas manos la madeja de las ilusiones muertas, en su alma la pasión hambrienta de besos de fuego, «y en la dionisíaca copa de (su) vientre la araña que teje el velo infecundo». Arrobo, asombro, deslumbramiento me produce el poema "Elegía", que pinta a una virgen dolorosa que tiene clavadas las estrellas en su corazón ya sin esperanza. Es, entonces, cuando Lorca hace intervenir la mirada anhelante:
Generación del 27 y surrealismo Como pueden apreciar, un matiz surrealista se pone en evidencia en su voz poética. Lo digo con cautela, poniéndome en guardia ante los 'ismos' y sus riesgos de una simplificación excesiva y forzada. La Generación del 27, entre cuyos miembros contaba Federico García Lorca, además de Luis Cernuda, Jorge Guillén, Pedro Salinas, Vicente Aleixandre, Dámaso Alonso, Gerardo Diego, Manuel Atolaguirre y otros; fue influenciada por algunas vanguardias europeas, en especial del surrealismo del que tomaron la creación inconsciente y una curiosidad que apuntaba más al sueño, la escritura automática, lo irracional y el absurdo visual y conceptual como formas que anunciaban un nuevo lenguaje poético, un eco evidente de las teorías de Freud. El surrealismo fue quizás la última de las vanguardias, con su siembra de ilusiones desmesuradas. En tanto no fue una escuela ni una estética ni una manera sino un movimiento de creación artística y literaria, un estado de ánimo y una actitud mental, un estado de consciencia donde el sujeto ve la radiografía de sus sueños y pasa "Al otro lado del espejo", ni Lorca ni nadie de la Generación del 27 puede considerarse como surrealista. Se les estima como poetas surrealizantes, no surrealistas, con un gusto por lo inesperado, lo absurdo y lo incongruente. Cualquiera que se aproxime a la poética de Lorca encontrará que a veces se torna en un misterio indescifrable:
dice en "La sombra de mi alma", de su Libro de poemas. Aquí la gota de llanto se transforma en alabastro de espíritu, la ilusión está casi marchita y el copo del dolor se acaba, pero queda la razón y la sustancia de un viejo mediodía de miradas. «(Alrededor de mis ojos / bandadas de letras giran)», escribe en su poema "Encrucijada" del mismo libro, como si tuviera toda la mente manchada de tinta y a la vez el dolor de tener versos en la lejanía de la pasión, el antiguo dolor pegajoso de la poesía, el sufrimiento de la fuente ciega y el molino sin harina, el lamento por sorber la vena lírica, el dolor de no tener dolor «y pasar la vida sobre la hierba incolora / de la vereda indecisa»; es la encrucijada del dolor de la verdad y el dolor de la mentira. Si bien la poesía garcíalorquiana presenta bellas, profundas y sencillas metáforas, también se halla la metáfora gratuita, la imaginería hueca no decidora de nada. Borges dijo alguna vez que Lorca no era un gran poeta, no creía que se le pudiera situar al lado de Manuel Machado, de Antonio Machado o de Juan Ramón Jiménez, por ejemplo. Si los poetas se miden por la emoción que producen, Borges no se sentía muy conmovido leyéndolo. Sólo agrado y nada más, y a veces sorpresa ante sus metáforas. Hay que decir que en la circulación por todo el mundo de la poética de Lorca intervinieron factores externos a su obra. La guerra civil española interrumpió el desarrollo normal de la producción literaria y algunos escritores murieron por motivos directamente relacionados con la guerra. Tales fueron los casos de García Lorca y, terminado el conflicto bélico, de Miguel Hernández que estaba en prisión. La muerte de Lorca tuvo una gran resonancia internacional que incidió en la difusión de su obra. En "Nocturno del hueco", de su obra Poeta en Nueva York, emplea el estribillo «Para ver que todo se ha ido». La gran plaza desierta, el cielo triste, las ramas de sangre, el amor que va gimiendo sin norte, la luna prisionera, el amor inexpugnable, la piel seca de uva neutra, las mejillas desangradas, una vida definitivamente anclada; evocan las sendas perdidas, la pérdida o separación. Existe una pérdida fundamental y es la de la infancia. Esta "muerte interna" es irreversible, con su duelo sobre el ideal del yo. El objeto de la infancia está perdido y su esencia es repetir esa pérdida de amor y su consecuente angustia. El duelo por la pérdida de algo que se ha amado o admirado constituye un gran enigma que aflora con su misterio en producciones culturales como la poesía. Este hecho se enlaza a una sensación de vacío comparable a la de un escritor cuando termina de escribir una obra, lo que explica la dificultad invencible de concluir. García Lorca salta en el vacío de seguridades, de evidencias. Da el salto dejando a la vera del camino las reglas del sentido común, las explicaciones y demostraciones. Se tira al vacío sin tener en cuenta los cálculos de probabilidades. Se confunde con el vacío del mundo:
Este poema no muestra un espantoso cuadro desolador que llena de angustia y terror a quien le pase la mirada, pero sí representa la angustia de unos ojos cansados. Poema escrito «Para ver que todo se ha ido» y que incluso se ha escapado el acento del primer sollozo; un contraste con el amor que mira empleando el brillo de sus ojos como hogueras entre el follaje. El claroscuro atraviesa como hilo rojo la obra de García Lorca, pinturas a color alternan con negras pinturas, ojos cuya luz asombra y envidia el cielo de la eterna primavera. Si abres los ojos cuanta luz, si los cierras cuanta sombra. Los ojos también pueden ser el faro que alumbra otra vida. Por algo nuestro poeta canta:
en "Veleta", del Libro de poemas. Viento y semilla. Viento que sopla y mece las copas verdes de los árboles, que impulsa la nave. Viento invisible como la semilla en la que duerme el árbol y que recoge las hojas muertas. Con el viento viene el recuerdo y a esto debe referirse el poeta al entonar "semilla de brillantes miradas". El viento vuelve y lo dice, su voz se deja escuchar, levanta en vuelo las hojas, danza en el cielo, esparce semillas de saber y conocimiento, dejando su estirpe por los caminos recorridos. Tras la tormenta brilla en los ojos la luna límpida y fresca. Tras la mirada cansada y hueca se manifiestan las uvas de los ojos, los ojos brillantes que nadan en puro aceite de oliva, unas pupilas que son fulgores entre las hojas. En "Ciudad sin sueño", contenido en Poeta en Nueva York, Lorca escribe:
Estamos ante una poesía que no descuida el ideal del yo, que nunca está conforme con lo que es. Una poesía donde el caballo quiere ser perro, el perro quiere ser golondrina, la golondrina quiere ser abeja y la abeja quiere ser caballo. Nos gusta situarnos en la barrera para mirar con una singular mezcla de perplejidad y tedio a la crítica de poesía con sus salidas, mutilaciones y aciertos. Pero no nos gusta saltar al ruedo y desde la barrera seguimos mirando las tentativas de tantos y tantos poetas por cambiar el panorama poético. Sin embargo, pocas, muy pocas veces logran construir poemas que estremezcan. Veamos, para concluir, un fragmento de "Elegía":
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