(Para mi madre y mi inolvidable tía Mané. In memoriam
 
Ah tu cálida esencia que arropó mi infancia,
la bruma del suave colorido que acompañó
mi adolescencia, perdida ya, Galicia,
la esperanza de sentirte de nuevo
como en aquellos días que descubro felices,
lejana definitivamente la que no pude ser.
Un aroma de humo, de algas y eucaliptos,
una quietud de tiempos apacibles detenidos
en el escaño de los hogares al amor crepitante
de fuegos que confortan la soledad primera
que no ha llegado a ser del todo lugar
a la intemperie, fiera acorralada en los chozos
del tiempo que arrebató tu regazo de madre,
turba mi corazón desventurado en los adioses,
enfermo de tanta despedida inconsolable.
Huelen los manteles muy blancos a espliego
y hierbabuena oreados a un tibio sol
que acaricia la colada entre chaparrones
de finísima llovizna, caladora y fría,
arco iris muy pálidos, nubes plomizas
y céfiros suaves que revuelven las telas.
Miro las alacenas y los aparadores
con sus candelabros de plata maciza,
los marcos que guardan fotos sepias
que inexplicablemente me entristecen
donde posan matrimonios serios, niños,
muchachas y muchachos, ancianos de ojos
penetrantes donde escruto el pasado
vestidos de otra época, los objetos
de delicada porcelana que han sobrevivido
a los banquetes y las celebraciones
de las fiestas y su revuelos de vajillas.
Hay grises almanaques olvidados,
botones y pañuelos, un misal con estampas
y recordatorios de difuntos
en un cajón bajo las vinajeras.
Me gusta la penumbra de los salones
de la casona de Cervo y sus habitaciones
amplias donde crujen las tarimas oscuras
de madera en su quejido que respira
soñoliento arponeado por los pasos;
me gusta, sobre todo, con sus perros
de caza la casa blasonada de los Crego:
ellos me buscan compañeros,
me reciben saltando de alegría, corren
a mi vera, me lamen las manos y la cara
en los descuidos, ungiéndome de baba
y jugamos en el huerto al abrigo malva
de las hortensias rosazules y los arbustos de lilas,
antes de que los anfitriones me insten
a disparar, para afinar la puntería,
al plato, a dianas y latas entre bromas;
pesan las escopetas, me tumba el impacto
de la repetición de un retroceso enérgico
y salto hacia atrás, caigo sobre la hierba
manchándome de verde entre sus risas.
Huele aún la gloria dolorida de la infancia
arropada unos instantantes de tregua
en un lecho de hojas que amortiguan la vida,
la intensidad de su misterio
que nos siembra el alma con rutas azarosas
Qué guapas están Elisa y Carmiña, María Estrella
que en estas horas no es distante: ellas rompen
su muro y ríen juntas de cosas que no escucho
investigando absorta los albúmes de fotos.
Hoy haremos churrasco, José Ramón,
el primo de Argentina que viene los veranos,
sabe tratar la carne como nadie,
vamos en moto a buscar un detalle olvidado
que urge a la merienda,
Chema nos encuentra en el camino,
ha llegado Marité a la vuelta y nos sonríe,
y ya están don Boni y Cosme discutiendo
de política por el placer de argumentar.
Y se gritan, se enfadan, se reconcilian
tan amigos, después de un huracán de puntos
de batalla, coronel y abogado, alternando
mano a mano, el ataque que amortigua
tan culta ira de palomas torcaces,
metamorfoseándose veloces en halcón o gavilán,
para acabar pausados en plácidas cigüenas,
en grajos que ríen vigilantes de catedrales
góticas, tan compadres en a miña terra meiga,
ya gaviotes dispuestos a volar a las banderas
del salitre, soportales serenos
de mis días gorriones que se van.
En todas partes, las fortalezas de tazones,
los platos hondos donde se ahogaría Neptuno
y encontraría espacio holgado su tridente:
humean las soperas de loza decorada, qué ricos
los caldos abaciales de grelos, su amargura
sabrosa suavizadada con unto, las sopas de Obélix
de fideos y tropezones sumergidos en la dorada
sustancia donde naufragan enormes cucharones.
Pero los reyes de la mesa son gloriosos
mariscos del sabor más refinado
irrepetibles: delicadas ostras que se encogen
todavía al sentir el ácido limón después
de los cuchillos y su último estremecimiento
en el contacto con la lengua... Soy pequeña
y me da asco su crudeza, me riñen mis padres
porque siempre –maleducada- escupo la que me dan
de prueba, así que me distraigo en los percebes
que ofrecen perfumado el sabor del oleaje
abierto y sus peligros, me dedico a paladear
las centollas, las vieiras, las almejas,
los camarones sabrosísimos, las nécoras,
los oricios que los lugareños desprecian.
El Alvariño colma las copas, y hoy sólo
recuerdo vagos nombres: Fefiñanes, Vizhoja,
menciones de cosechas familiares del Condado.
Ya llegan los pescados fresquísimos servidos
en fuentes de alpaca, y las inconcebibles
montañas de patatas y de pimientos que saciarían
a un ejército de hambrientos, las plazas
de empanada que en desorden arriban a destiempo
acompañadas de especialidades ancestrales
y más fuentes de monumentales carnes y de asados
que empachan de hartura sólo de verlas.
El festín de los postres ofrece tentaciones
de dulzor variado a los golosos: requesones, flanes
de sólido vencimiento ante las cucharillas,
almendrados y tartas cuya digestión requiere
las largas siestas de otros siglos.
Repentinamente el mundo se embriaga y despereza
al aroma del café recién hecho: huele a canto
laborioso, labriego, artesano, de costa a costa
conciliador de sensaciones en su rito cálido.

En el momento que deshago la cama
y la aligero un poco de los pesados cobertores
que manos aldeanas extendieron con esmero,
al tocar los tejidos de fibras naturales
me parece siempre que están húmedas
las sábanas impecables con bordados de hilo
y al estirar las piernas hay un tacto rugoso
que la plancha no domeña en su costumbre
hasta después de muchas estaciones.
Son gruesas las texturas de los algodones,
cuesta calentar su aspereza si olvidaron
poner en su seno botellas de agua hirviente
cuando me envuelvo en el ambozo sintiendo
los pies fríos en noches destempladas
antes de soñar con el futuro. Ya memoria
la canción del mar presentido me acuna,
arrulla devolviendo estrofas de habaneras,
retumba en versos tristes calados de saudade
sobre la imposibilidad.
Pienso en mis abuelos a los que no conocí,
en José, en cómo sería ese Pedro que se mató
al galope en un renuncio sobresaltado de su mejor
caballo y cuya muerte eclipsó para siempre
el fulgor de la estrella y el hado,
malherido en su golpe, de la saga de los Sánchez.
Su sangre ya me vierte triturada a las gárgolas.
Mientras tanto, bajo los elementos y la música
extremada de la noche, hombres desconocidos se miden
con el mar en los pesqueros. Las redes de la suerte,
de eros y de tanatos, atrapan en sus nudos la fortaleza
arrebatada de sus pulsos por las olas.
Mientras tanto, mujeres desconoci-das esperan en la orilla
el saldo desolador de las tormentas y queda el hueco
de un silencio en la arena de huellas sin retorno;
mientras tanto, niños desconocidos preguntan en susurros
por aquellos que no regresarán del abrazo de las sirenas
de los acantilados y sus ruletas oceánicas:
afligida tempestad de los huérfanos.
Hay una premonición de ausencia en el huir
fantasmal de las horas atravesando corredores,
cuelgan en los péndulos de los relojes
encerrados en cajas resonantes de madera
los discursos callados de las sombras negras,
y los marqueses cínicamente sentimentales
sentencian al fracaso las pasiones más puras
desde las bibliotecas donde la humedad
va poseyendo avara los volúmenes.
Ahora recorremos, plácidamente ensimismados
en la alfombra crujiente de las hojas caídas,
un paseo que llaman de los enamorados:
es cristalina el agua de sus riachuelos,
qué mensaje especial palpita en el murmullo
de las fuentes y sus chorros tan frescos,
huele a eucalipto, a humo manso, a tarde plena,
las niñas jugamos al ritual del escondite
entre los árboles anchos donde amarillean
las cortezas los líquenes,
pero ya no recuerdo vuestros nombres
amigas risueñas con las que tanto quise.
Juntas imaginábamos la sorpresa constante
de crecer con esta facilidad que nos unía
en los secretos inocentes y las cajitas de latón
depositadas en los huecos de los troncos secos:
volveríamos con nuestros novios tomados
de las manos para llevarles orgullosas
al rincón de los besos y mostrarles
nuestros tesoros diminutos, la fragancia
silvestre de aquellos recorridos infantiles.
Qué hermoso sería desvelar los umbríos lugares,
demorarse en los atajos de los suspiros,
cerrar los ojos en el pórtico de los deseos;
pero ya nuestros padres nos buscan gritando
diminutivos familiares en los claros floridos:
es momento de visitar una vez más la fábrica
de cerámica del antiguo Sargadelos
a la que van venciendo diseños modernistas.
Esta tierra tan pródiga de dones reverdece
la energía vital de mis mayores, es plazo dichoso
de clemencia y compañía, de amistad, confidencias,
de baile y de solaz donde cabe un bálsamo de fé,
de cordialidad cautivadora entre las gentes,
aunque los narradores se pongan a llorar de pronto
en sus dialectos musicales al contar los sucesos
aciagos con que la vida hiere a los mejores.
Qué sutil misterio adorna las historias,
qué lentas las palabras, qué inflexión sonora
demorada en los detalles, las voces acarician.
Nunca ha existido una voz, Mané, tan cuidadosa
como la tuya reflejando la bondad sincera
que apacigua los miedos más atávicos.
Arden las teas perfumadas de aceite
en las ermitas cubiertas por la hiedra,
se abrasa la memoria en las imágenes palpitantes
perdida para siempre la caridad de su azúcar.

Rezo, transida en las ausencias, un rosario
de versos, pero ya no estáis auroras abolidas.
Ah qué lágrimas de piedra llorarán las estatuas
de las desapariciones en los espacios soñadores
a los que nunca vol-vieron nuestros pasos.
Es tiempo de silencio, para seguir callando
el amor que ardía confortando lo incierto,
y no nombrar a los que tanto regalaron
de sí mismos a los otros que fuimos:
digámoslo en alto, rescoldo del recuerdo,
que nadie como vosotros mostró amor tan generoso.
Descansad, sombras queridas, en la nostalgia
que cantabáis, y quedad apacibles en vuestros
territorios de brisa rumorosa, que no hay prisa,
que ya abriremos los arcones de la conciencia
compartida cuando no hiera su invocación
como un hierro candente atravesando el pecho.