De niño me dieron un mundo de madera
-sus piezas encajaban con precisión artesanal-
y yo aprendí, sonrisas de mi madre a un lado,
a acertar la forma y el volumen correctos
en el ensayo del error, primero,
y el éxito después.
El mundo era un conjunto
de pequeñas piezas sin fisuras,
todo estaba medido, calculado,
imposible perderse tras memorizar el orden,
imposible fracasar conociendo las leyes.
El mismo mundo, de carne y de pecado,
me dieron de mayor con más excusas
-ya no estaba mi madre, nada me sonreía-,
y las piezas no encajaban apenas
en los huecos vacíos de mi rompecabezas.
El mundo era un conjunto de fisuras
que apenas si se unían con un beso tardío,
piezas desfiguradas por un dios vengativo.
Imposible el éxito siendo una pieza rota,
imposible aplicar las leyes memorizadas
en la infancia a un paisaje inexacto,
bosque del fracaso primero
y bosque del fracaso final.