Desde hace tiempo, mi querido compañero, vengo oponiéndome silenciosamente
al hastío del flujo que me hizo gestar como gota de humor y plasma;
barro, agua, sol, palabra y pálpito de inconformidad perpetua.
En honor a ellos no he querido dar la razón al otro
(ya sabe usted, al de la otra habitación, maníaco enfermizo y pueblerino avergonzado;
sí, ése que fuma sin cesar sin importarle lo que uno piense).
Pero lo cierto es que ya llevo rato hartándome de la vista de estas nieves perpetuas.
No, no soy justo, no es que el blanco me haya cegado.
Es que soy yo quien ha ido vaciándose de su belleza displicente, altiva,
que, más que pedir, osa imponernos su adoración.
Siento tanta pena de la eternidad del verde como de la infinitud del blanco,
sospecho que no tengo cabida en los extremos ni en el tedio,
sospecho que la perpetuidad de vivir tantas vidas como he vivido
ha sorbido del todo la curiosidad y la risa
que descubrí al abrirse como una joven flor el primer copo de nieve,
y aquel cristal de hielo sobre la ventana de mi habitación
ha atravesado el espacio hasta desangrarme el corazón.
Entre usted y yo, creo que el de la estancia contigua tiene razón:
uno se cansa, y ya, no hay más explicación; pero no se lo diga:
no quiero dar anuencia a su locura.

(Madrid, 21 de diciembre de 2003.)