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la medina de Kaz el Malí, bajo la luz turquesa del mediodía, descendimos un laberinto de callejas tortuosas y mugrientas. En la urbe imperial de las diecisiete puertas, estábamos unidos, codo con codo, como tantas veces soñáramos mirando las ilustraciones polícromas de los libros de arte. La primavera se había lavado la cara, y el verdor y el agua, y los oasis. Las callejuelas húmedas escondían tienduchas minúsculas y talleres primitivos. Vimos niños sin edad hilando interminables alfombras, viejos decrépitos que vendían perfumes, sonrisas y zalemas, y guías, y mendigos. Descendimos aún más. Vimos el zoco de los curtidores con su olor nauseabundo, el de los ceramistas, exótico y barato, y el de los herreros: te compré, como alianza de amor, una pulsera de bronce con incrustaciones de plata: motivos vegetales para tu sonrisa de yedra y yerba. Con tu pulsera y mi alianza, te querré siempre, nos abrazamos; temblando visitamos la escuela de letras coránicas, la tumba del gran profeta, donde las jóvenes morillas imploran amores ventajosos o venideros. Te ofrecí la araña de mi pecho, los mares de mis ojos, para siempre, y sin abluciones, sin descalzarnos los pies, sin rezos, me dijiste que sí con un beso. Descendimos al corazón de Kaz el Malí, para encontrarnos, y nos perdimos. Tú querías volver sobre las huellas de los pasos y visitar de nuevo el palacio del sultán, matarlo; yo insistí en regresar al coche por el paseo de palmeras que rodea la universidad. Jóvenes estudiantes memorizaban sus lecciones, como nosotros mismos en tiempos sin recuerdo: tal vez también soñaran con países lejanos en recónditos lugares. Tú sabías que los sueños se tornan extraños cuando se materializan: ignorante, me urgía conocer tus arcanos y llorarte. Te ofrecí la araña de mi pecho, los mares de mis ojos, para siempre, y sin abluciones, sin descalzarnos los pies, sin rezos, me dijiste que no con un silencio. Descendimos al erebo en la medina de Kaz el Malí. Solo en el Gran Hotel te lloro, porque el amor es frágil como un hilo, porque te perderé si Asterión no muere violentamente en su laberinto. |