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La noche
ya no ofrece perspectivas y hace años que dejé de sentir
sueño.
Perdí ese último recurso de retirarme a mi alcoba
como una triste y aburrida dama argentina, pequeño-burguesa,
de ésas que Puig retrataba tan espléndidamente
medio ahogadas por las plumas rosa de sus albornoces de flamenco.
Tampoco ya puedo leer de noche: me cuestan las palabras,
me cuestan las ideas, me detengo en medio de un párrafo
como en mitad de un puente ferroviario al que le faltaran traviesas,
como la boca de un viejo desdentado.
Sin embargo, no, no estoy en las últimas: es sólo el comienzo.
Por eso me atiborro de "barbitúricos" a lo Marilyn
y me oculto bajo el edredón nórdico.
De todos formas, ya sé que el teléfono no sonará
esta noche:
John Fitzgerald y Robert llevan años pudriéndose en Wellington
o Arlington
y la CIA ha perdido todo interés en mí.
(Madrid,
3 de diciembre de 2003, 1:27)
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