Pura conciencia de augur o chamán,
pura facultad de vaticinio,
con un ojo celérico montado
al atisbo sobre las edades,
desatando con su luz numínica
el vuelo de las incógnitas
fluyendo desde el caos pristino,
y maduro de substancia tutelar
en los entrecruces órficos,

¡qué pesada, Dios, la carga del azar
sobre mis hombros de pobre mortal
nacido en la fatal confluencia!,
¡qué inquisitorio el hado tutelar
domiciliado en mí con sus secuaces
de estremecimiento gnóstico!

Vate el omnisciente polizón
con sus lechuzas chillonas
sobre las ramas de mi destino,
decodificando las cláusulas
testamentarias de los difuntos,
hurgando en los sueños de los vivos.

Vate tus horas de desdicha
en la vela de los espíritus
y de los manes reverenciales,
manifestándosete la deidad
en la hora de sus emisiones,
macilento de dicción órfica.

Y vate en la estricta obediencia
del horario de las ánimas,
con tu ropaje talar cruzando
los pasillos de enunciación virtual,
los aposentos propiciatorios,
el fuego astral de los sacrificios.