Una guitarra llora en la sierra de Ronda
y su quejido hondo se enclava
en las grutas del balcón del Tajo.
En la plaza de la vida y de la muerte,
baila una gitana vestida de fuego y de lunares,
acariciada por una noche
llena de estrellas y de luna escarchada.
Cuando los cuchillos se cruzan
en el espesor de la materia carmesí,
la arena henchida de sangre espera
con un suspiro el último duelo.
La luna de escarcha roza el pelo negro de la bailaora
que coquetea con las miradas impúdicas.
Mujer “endemoniá” que enajena al torero solitario.