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el plenilunio de cada noche, de cada tardío amanecer, se agita el silencio de la madrugada que arrastra sombras inefables para trasnochar mis sueños. Y ha de crucificar mis manos y apretarme el cuello cuando en un rayo de luz parido me reflejo en miasmas. Te digo (creo yo) que no le temo. Y no le temo, te digo porque los ojos también traicionan cuando la mente se junta con las ansias. Me ha traído (la noche) los desvelos que llenan de canas mi insomnio. ¡Ay que no! que no le temo, te digo. La noche no es noche sin fantasmas. |