Para pintar
    se imaginaba un pájaro
colgando frente al Gran Canal de Venecia,
    capaz de descubrir la verdadera luz de la tarde,
en la ciudad que el agua borda de encajes.

Fue entonces que los vio,
     enmascarados bajo el parasol,
un par de sombras juguetonas,
     amantes imposibles, seres aún no nacidos
el Día de la Fiesta de la Ascención,
turistas de otro siglo,
pero que el amor captó con su cámara obscura.