|
Tenía
tantas ganas de abrazarte,
de verte renacer de tu recelo,
de verte resurgir tenaz como la hiedra,
tenía tantas ganas de sentirte contento
y reconocer tus sensaciones como antes,
de recorrer las esquinas del mundo a tu costado,
y no supe expresarte en tu lengua mi deseo.
Eras tan libre y tan exagerado, tan abierto,
que no pude penetrar la causa que te tornaba hosco,
tan torpe y falaz en aquella ebriedad desoladora
donde se fueron ahogando los proyectos
luminosos del principio turbios de secretos,
y te perdoné esperando un milagro,
un solo gesto humano entre tu confusión
cuando encontré al otro que no eras tú
en tus adentros.
Del libroHalcón herido
|