Ambas manifestaciones se encaminaban hacia el centro de la ciudad. Discurrían por calles paralelas, divididas por los edificios que conformaban las avenidas de ambas y que ocultaban a unos antagonistas de otros entre sí. Los dos grupos eran seguidores de líderes diferentes, enemigos de dogmas desde su primer llanto de neonato y, como la tradición y la irracionalidad humana imponían, lo serían hasta el último hálito de vida. Así había sido y sería, por los tiempos de los tiempos; hiciesen lo que hiciesen los representantes de cada uno de los partidos políticos con los que se identificaban. Enardecidos, agitaban sus estandartes en el aire, gritando consignas amenazantes contra sus oponentes. Y así, en el más absoluto fanatismo, empapados de un delirio tonto e irracional, trascurrieron ambas manifestaciones hasta que ambos grupos se juntaron en la misma plaza: la ciudadela en donde se erigía el monolito de la discordia. El obelisco por cuya titularidad ambos oponentes pugnaban desde tiempos inmemoriales.
Arremolinados como ovejas se constreñían, babeaban por el esfuerzo, gemían por el dolor que los empellones les producían. Con estertores visibles, con el rostro violáceo por la falta de aire, intentaban llegar a la piedra gris, enmohecida y maloliente para grabar sus símbolos, sus colores o el emblema de su partido sobre ella. Exacerbados, iracundos, al borde de la paranoia, los más alejados, comenzaron a agredirse entre sí, mientrás que la fuerza de la muchedumbre sacudía el gran pedrusco en un vaivén nefasto que nadie percibió. Hasta que la mole de cemento cayó sobre el gentío. La mayoría murió a causa del derrumbe, aplastados. Otros, fallecieron a causa de los golpes o de la presión hercúlea que la masa ingente les produjo.
Nadie sobrevivió, excepto el indigente que, durante años, se había guarecido del frío junto a las paredes del monolito. El hombre, tras presenciar lo ocurrido, caminaba sollozando entre las víctimas, sobre las banderas y las consignas escritas en cartones y telas que cubrían las calles de sangre, que empapaban de un silencio aciago la ciudad. A cada paso se detenía, se restregaba los ojos y abatido, para sí, maldecía la estupidez humana.